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Un paciente recuperado: “Mi jefe me pidió que no dijera nada para que mis compañeros sigan yendo a trabajar”

Esta nota arranca mal. Muy mal. No voy a poder dar el nombre real del entrevistado. Tampoco decir en dónde vive y mucho menos el lugar en el que trabajaba. El forzado anonimato responde a una sola cosa: la hipocresía y doble moral de muchos argentinos. Juan está por cumplir 28 años. Es uno de los 1.628 casos positivos con coronavirus en el país reportados hasta la fecha. Recibió el alta y al regresar a su casa para cumplir con el segundo tramo del aislamiento se encontró con la amenaza de sus propios vecinos. La impericia de sus jefes, el tardío diagnóstico y la odisea que vivió desde que le dijeron: “Tenés el virus”.

Todo comenzó el pasado martes 24 de marzo. Fue a trabajar pese al feriado y al asilamiento obligatorio que había dictado cinco días atrás Alberto Fernández. Por su profesión estaba excluido. “Me empecé a sentir mal al mediodía, cuando estaba regresando en colectivo a mi casa. No me dolía la garganta, pero empecé a levantar fiebre y de repente tenía un excesivo dolor corporal”.

El termómetro marcaba 38.4. Juan tiene, además, una patología preexistente y la fatiga muscular no era normal. “Iba más allá de cómo uno se siente cuando tiene fiebre. Sentía como si hubiera ejercitado de más en el gimnasio”, aclara, para todos aquellos que hoy se encuentra en sus casas y están atentos a los síntomas del virus.

No había viajado, ni estado en contacto directo con nadie que lo hubiera hecho. Pero, por su trabajo, sí estuvo expuesto a mucha mercancía que seguía entrando al país desde el extranjero. “Lo primero que hice cuando llegué a casa fue recostarme porque me sentía muy mal. Intenté dormir media hora, pero no pude. Así que cerca de las tres de la tarde empecé a llamar al 107”.

“Me costó mucho que me atendieran. Después de tres horas, cuando ya eran las cinco de la tarde, logré hablar con una de las operadoras. Me preguntaron los síntomas: fiebre y fatiga. Me dijeron que no me preocupara, que seguramente no era nada; o en tal caso que podía tratarse de un caso de dengue. Así que llamé a mi obra social y me dijeron que no estaban enviando médicos a domicilio por la pandemia, que me acercara a la guardia”.

Pese a que para ese entonces el Gobierno ya advertía a posibles pacientes que evitaran las guardias, tanto desde el 107, como desde la obra social lo derivaron al hospital. “Me tomé el colectivo y viajé de Barracas a Palermo, para hacerme ver en el sanatorio que me correspondía, que era el San José. Armé mi mochila con mis papeles, mis estudios vinculados a la patología preexistente y salí de casa. Me habían dicho que no era coronavirus. Hoy lo pienso y digo: ‘Se expuso a mucha gente, cuando se podría haber evitado si me atendían como dicta el protocolo’”.

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Ya eran cerca de las cinco y media de la tarde cuando llegó a la guardia. “Me separaron del resto de la gente y me atendió un médico que era residente. Lo remarco porque se notaba que estaba desorientado. Me mandó a hacer muchos estudios, pero todos espaciados. Una hora para cada cosa. Iba y venía preguntándole cosas a su jefe. Estuve así hasta las doce de la noche”.

La batería de estudios incluyó: una placa pulmonar y análisis de sangre y orina. “Todos los resultados iban dando bien. Seguía con fiebre alta, mucho dolor en el cuerpo y además no había comido en todo el día. Me estaba quedando sin batería, así que le avisé a mi novio que seguía en la guardia. Ninguno de los dos pensó que me iban a dejar internado, hasta que me dijeron que me iban a hacer el hisopado”.

Su pareja trabaja en un geriátrico. También se había contagiado, pero todavía no lo sabía. “Se vino a traerme las cosas, en especial la medicación que tomo por mi patología preexistente. Pero no lo dejaban entrar, ni darme mis remedios. Era lo único que me importaba, porque los tengo que tomar sí o sí. En el sanatorio me dijeron que no tenían ese tipo de medicación”.

A la espera del resultado del hisopado, su pareja se comunicó con sus jefes para ponerlos al tanto de la situación y evitar así la exposición no sólo a sus compañeros, sino a los ancianos del asilo. “Como son muy conservadores, él nunca blanqueó que estaba en pareja con un hombre. Así que tuvo que decirles que era un vecino y que había estado en contacto conmigo. Todas eran trabas”.

Mientras tanto, Juan seguía aislado y casi incomunicado. “Pese a que los médicos sabían que no podía seguir sin tomar mi medicación, la única que me ayudó fue una enfermera que se ofreció a salir, encontrarse con mi novio, recibir todo, desinfectarlo y dármelo. Todo a través de una ventana y a escondidas. Para que se entienda: mi cuerpo, sin esa medicación, se torna muy vulnerable”.

El miércoles sumó otro síntoma: diarrea. “Por suerte, ya no tenía fiebre y jamás me dolió la garganta. Es importante estar atentos también a las complicaciones gástricas, que tal vez no son de los síntomas más difundidos”, destaca Juan, que en un año se recibe de enfermero.

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Mientras aguardaba los resultados del hisopado, Juan miraba por televisión cómo cientos de argentinos violaban el aislamiento obligatorio. “Realmente no lo podía creer. No me entraba en la cabeza. Pensaba: ‘Hasta que no le toca a uno, no caés’. Entiendo perfectamente la ansiedad por el aislamiento, pero creo que muchos seguían sin tomar real consciencia de lo que estábamos viviendo”.

El martes por la noche, cuando le avisaron que quedaría internado, se comunicó de inmediato con su jefe para explicarle el cuadro de situación. Pero, una vez más, se encontró con la doble moral. “Ellos desconocen mi patología preexistente. Es un trabajo que estoy aguantando para poder recibirme. Pero siempre supe que si les explicaba la situación iban a encontrar la forma de despedirme. Así que sólo les expliqué que estaba internado en observación y que me iban a hacer el hisopado para ver si tenía o no coronavirus”.

Desde el trabajo, sus superiores le pidieron que no les dijera nada a sus compañeros de trabajo, pese a que podían haber estar expuestos al virus. “Les avisé igual. Les dije que estaba esperando el resultado del hisopado, pero hubiera sido una irresponsabilidad de mi parte no decirles nada. Y ahí empezó el runrun en el trabajo. Me empezaron a llegar mensajes diciendo que me querían despedir, todo una locura. Mientras tanto, seguía encerrado y sólo veía a las enfermeras y al médico una vez al día”.

El panorama se complicó el jueves. Si bien los síntomas de Juan comenzaban a aliviarse, era ahora su pareja la que comenzaba a ser manifestarlos. “Empezó con tos y fiebre. También llamó al 107 e hizo todo para que lo fueran a buscar, pero no hubo caso. Tuvo que ir solo a la guardia que le correspondía y recién ahí activaron el protocolo. Le hicieron el hisopado y con los días también le confirmaron el diagnóstico”.

Mis vecinos me querían sacar de mi casa, pero hicieron a los pocos días un asado e invitaron gente”

Por ese entonces, Juan seguía sin saber lo que tenía. Su pareja estaba internada en otra clínica, también a la espera de los resultados. “El hisopado me lo hicieron el martes. Yo pensé que lo mandaban directo al Malbrán, pero el proceso no fue directo; fue escalonado. Antes, lo enviaron al Stamboulian, para descartar otros virus. Así que el resultado me lo dieron recién el domingo”.

El alta la recibió el jueves 2 de abril. “Me mandaron a mi casa por dos motivos: porque mi organismo había respondido bien al virus, el segundo hisopado dio negativo y por el problema de mi medicación. Me trasladaron en ambulancia. Habré llegado a las nueve de la noche a mi casa. Me dijeron que tenía que permanecer otros catorce días en aislamiento”. Pero, al llegar, Juan se encontró con otra mezquina postal. El virus había sido con su organismo menos dañino que sus propios vecinos, con quienes comparte espacios comunes como cocina y baño. “Me querían echar de mi casa, me dijeron que me fuera”.

“Me dijeron de todo y les tuve que decir que sólo había tenido un problema en la garganta, porque me querían prohibir el ingreso. Es un contrato en negro. Sentí una impotencia tremenda. Tener que vivir toda esa situación, después de todos los días en la clínica y con mi pareja internada. Una locura. Por suerte, todavía tengo comida en la habitación. Cocino ahí, porque tenemos un hornito y un microondas. Ni bien le den el alta a mi novio ya le dije: ‘Agarramos las cosas y nos vamos'”. Mientras Juan aguarda a que todos duerman para poder usar el baño y tomar todos el recaudo posible, sus vecinos rompieron la cuarentena. “Invitaron a otros vecinos y organizaron un asado. Una locura. A mí me quieren desalojar y ellos llaman a otros vecinos en pleno aislamiento”.

Juan cumple su aislamiento, mientras su pareja sigue internada. “Le hicieron un segundo hisopado que dio positivo. Recién hoy volvían a hacerle la prueba para ver si ya pueden darle el alta. Estoy aguardando esos resultados. No nos vemos desde el 23 de marzo si te lo ponés a pensar. Ni hablar de todo lo que vivimos en el medio. Así que ahora sólo me resta esperar”. Mientras Juan cumple con el aislamiento sanitario obligatorio, sus vecinos siguen rompiendo la cuarentena. Un caso más que expone a ese no tan pequeño grupo de argentinos para quienes la solidaridad se predica, pero sólo puertas para afuera.

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