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Sergio Berni, en el mismo lodo de Aníbal Fernández

Sergio Berni se pasó un año y medio ganando tiempo y algo de popularidad ante las ondas de inacción irradiadas por la exministra nacional de Seguridad, Sabina Frederic. Por momentos, lo hizo asumiendo el riesgo de parecerse demasiado a Patricia Bullrich, pero en el apoyo recurrente de Axel Kicillof y algunos aplausos por ahí creyó descubrir que al menos a una parte de la progresía kirchnerista no parece disgustarle demasiado contar con alguien propio de “mano dura”, por lo menos mientras la moral ciudadana promedio permanezca diezmada por la desesperante ola de pobreza, inflación e inseguridad que vino a complicar la pandemia.

Ayer, Berni fue el único funcionario público de alguna jerarquía que salió a hablar tras el conmovedor asesinato del joven Lucas Cancino, en Quilmes, a puñaladas y por una bicicleta. Fue significativa la aparición del ministro, en varios frentes:

  • Antes que nada, mostró una vez más la impotencia del poder político en la materia, al responsabilizar a los jueces por liberar y liberar delincuentes que vuelven a robar y matar a la salida de la puerta giratoria.

  •  Le puso el cuerpo conscientemente a Kicillof, para dejarlo lo más lejos posible de un caso que -¡cuidado!- puede marcar un antes y un después de la paciencia ciudadana, en medio de una campaña electoral. Sin embargo, no le gustó nada -y lo hizo saber- que la intendenta quilmeña, Mayra Mendoza, sólo lamentara el crimen por Twitter, mientras los vecinos marchaban al grito de “¡Y Mayra dónde está!”.

Horas antes, se había hecho público que Berni tuvo una fuertísima discusión con Máximo Kirchner. Es un detalle si hubo piñas -como informó el colega Carlos Pagni- o sólo gritos, tal cual corrigió el médico-militar, al explicar que, en efecto, discutieron fuerte porque él quería que el Frente de Todos fuera con diferentes listas a las PASO y Máximo quiso subordinarlo con demasiado énfasis a las órdenes de su mamá. Traduzco: ni el kirchnerismo bonaerense es una unidad tan monolítica como quiere pintarse, ni Berni es tan dogmáticamente cristinista como se ha presentado tantas veces, más que nada para diferenciarse de Frederic y Alberto Fernández (que viene a ser el Presidente de
la Nación).

Para estas horas, Berni esperaba haber protagonizado algún acontecimiento conjunto con el nuevo ministro nacional, Aníbal Fernández. Pero Aníbal se puso a pelear en términos espantosos con un humorista gráfico, mientras nada menos que Quilmes se consagraba, tal vez, capital nacional del dolor y sectores de la policía bonaerense deslizaban por redes sociales la intención de ir a un paro en reclamo de aumentos salariales.

Berni cayó en la telaraña del internismo que terminó de tenderse y pegotearse con las PASO. La concepción vertical y aparatista con que La Cámpora construye poder territorial en el área más caliente del país generó una subversión de prioridades en el núcleo duro del oficialismo. La estructura es la realidad y la realidad es la pretendida circunstancia, digamos.

Nadie tiene capacidad de predecir a esta altura que, con Berni o sin Berni, los estándares de seguridad vayan a mejorar. Pero si, como se dice, termina siendo reemplazado por Mariano Cascallares, de Almirante Brown, el cambio será nada más -ni nada menos- que un nuevo paso en el corrimiento del poder a los intendentes conurbanos. Así, el peronismo pasará a ser el fruto de la pelea entre caudillos provinciales y una nueva generación de barones comunales anclados en el barro del que brotan los votos.

Al cierre de esta columna, junto a Kicillof anunciaron un aumento del 11% para la policía. Y Aníbal Fernández también les pidió a los jueces que se pongan las pilas.

por Edi Zunino

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