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¿Quién dijo que todo está perdido? Yo vengo a bajar a la inflación

Por Alejandro Radonjic

La repolarización del escenario político, la grieta a full en modo viral, es un problema para Alberto Fernández, que ensaya desde el peronismo amplio un consenso de centro, con sesgo estatista y eje en los gobernadores (“mis socios”), y no el “cuarto Gobierno kirchnerista”. A lo sumo, él quisiera que sea similar al primero: el único que integró plenamente. A los otros, sobre todo el tercero, vaya si lo atendió duro y parejo. Sus frecuentes evocaciones alfonsinistas acaso trasuntan más valoración con aquella primavera inmortal que incluso con otros periodos con eje peronista.

Pero la Historia no siempre se repite y, si bien la tierra arrasada es similar a aquella que dejó el fin de la ficción del 1 a 1, el contexto político es otro. Y sí, han pasado casi 20 años.

“Hoy estamos ante una recaída de la polarización y eso le complica a Fernández sus chances de convertirse en un líder con personalidad propia”, dice Julio Burdman. “Queda arrastrado en una historia preexistente”, agrega.

En su corta presencia en el Gabinete de Cristina Kirchner, que rápidamente se topó con las 125 (hito fundante de la grieta actual), Alberto aportaba frialdad y era el gran nexo con la Mesa de Enlace. Algo valorado, incluso, por los chacareros. Su paso por ese Gabinete fue breve y el resto, historia conocida.

Esa repolarización de hoy, en confluencia con otros factores, ya horadó su imagen positiva de más de 70%. Esos niveles altos de marzo, abril y mayo, se nutrían, por aritmética, de quienes habían optado por JxC en 2019. Algo que ninguna figura kirchnerista reciente había podido hacer. Era el eterno deseo del ambivalente Daniel Scioli. En el otro lado, era el destino de María Eugenia Vidal: no la dejaron desdoblar y no pudo desdoblarse. Pero eso que logró Alberto, por contexto y estilo, fue una foto de la temprana cuarentena.

Hoy, la cuarentena se alargó, la economía está peor, las psiquis más débiles y los números altos de las encuestas hoy son medianos. Ese es un dato. La repolarización también surgió su efecto en el mismo sentido y el volumen de Fernández se hizo más bajo. Como si esa grieta exponencial corriera a un segundo plazo su proyecto centrista. Como si le sustrajera su energía vital y lo condenara a descender al lodo de la baja política de “los odiadores seriales” que supimos conseguir.  Lo pone a la defensiva a contestar preguntas. Una grieta que tiene carretel porque hoy es funcional para algunos sectores de la política y sus correlatos mediáticos.

El riesgo no es el que sugirió una conductora de una popular mesa sabatina en la TV sino que Fernández sea una transición sin identidad hacia vaya uno saber qué. Un gestionador de la grieta que lo atrapa. “No me distraigan con la grieta que estoy gobernando una pandemia”, parecería querer decir. Pero no siempre puede contenerse. Varios hombres de su núcleo más cerrado han pisado el palito en la red del pajarito, cuanto menos, estos últimos días. La grieta desenfoca. PD: ¿Cuánto influyó la existencia de Twitter en mantener viva la grieta? Imposible de medir, pero la respuesta es obvia.

Hay más: mientras, algunos sectores del “kirchnerismo duro” (minoritarios aun y más bien desde la militancia) empiezan a pedir desde que Alberto tenga un tono más combativo ante, digamos, la derecha, que exhibe algunos discursos (a veces apañados explícitamente por algunos sectores con responsabilidades) que hace no mucho se apodaban “recalcitrantes”. PD II (sociológico y esperanzador en el margen): en su mayoría, sus adláteres no son hijos de la democracia, que miran frustrados y azorados desde afuera (del país, cada vez más).

¿Quién dijo que todo está perdido? Yo vengo a bajar a la inflación

El contexto (pandemia y polarización) no sea el ideal, pero es lo que le tocó a Fernández. Una persona inteligente, más que enojarse con su destino, lo usa y lo aprovecha. El ímpetu centrista del proyecto albertista sigue latente y solo basta ver a quiénes pidió que se pongan a su lado el jueves en su mensaje del 9 de julio.

Pegadito al jefe de Estado, Daniel Pelegrina de la Sociedad Rural Argentina (SRA) a un lado (un datazo en sí mismo). La industria, con Miguel Acevedo y la ascendente Carolina Castro, muy cerca también, para distender la falsa dicotomía campo-industria. Los bancos, con Javier Bolzico de Adeba y la Bolsa, con el eterno Adelmo Gabbi. El histórico Eduardo Eurnekián y Néstor Szczech de la Cámara Argentina de la Construcción (CAC). Y el sindicalista llamado a ser la polea de lo que surja con el movimiento obrero organizado: el moderado Héctor Daer. “¿Qué más querés que haga el Presidente?”, razonó una fuente ante El Economista tras la puesta en escena. “Los convocó a todos, los sentó y lo va a seguir haciendo”, dijo otro, visiblemente molesto por el Trending Topic posterior: el “banderazo”, la grieta de nuevo, el móvil de C5N…

Todo muy lindo, pero…

Carlos Leyba dice, con toda la razón, que falta pasar de las palabras a los hechos. Así lo demanda el terremoto socioeconómico pandémico. Un pacto social o algo que se le parezca ayudaría a la recuperación o, mejor dicho, a armonizar el “downsizing” estructural que atraviesa una economía que cae desde 2018. Ricardo Delgado (Analytica), quien acuñó el concepto, escribió en El Economista: “Bajo estas complejas condiciones, la agenda pública deberá focalizarse en trazar un camino claro y previsible que ordene la salida de la pandemia. Si la torta se achicó, el Estado, más que nunca, tiene la responsabilidad ineludible de coordinar el juego entre los distintos sectores, de modo de darle equidad y sustento a los respectivos ‘aportes’ durante la reconstrucción. La articulación de los equilibrios sectoriales, entre lo público y lo privado, entre el capital y el trabajo, y al interior de cada uno de ellos, será fundamental en la etapa que viene”.

Pero esa mesa, necesaria para arbitrar la distribución de la pospandemia, debe apuntar a más. A nivel político, constituye la hendija programática que tiene más a mano Fernández para desmarcarse de la grieta, mostrar otro camino, poner su impronta y decir “quiero que vayamos por acá”. Una mesa tantas veces evocada por la política, con distintos formatos y actores, que van desde el “Pacto Social” de José Ber Gelbard, que revisitó Cristina en 2019 hasta el eterno sueño importado: el Pacto de La Moncloa español.

Esa mesa que debe hacerse todas las semanas como mínimo debe tener, sobre todo, “delivery”. Pasar a “las cosas” en el argot orteguiano. Conseguir resultados tangibles, consensuados y valorados.

Un tema gordo, sin dudas, es la inflación, aquella bestia negra que (re)apareció hace más de 10 años, que no sirve de nada y uno podría pensar que hay consenso para derrotarla.

El kirchnerismo la reintrodujo y, si bien la seguía de cerca para que no superase el 25-30% anual, nunca tuvo un plan serio para bajarla. Aceptó convivir con ella y, como pudo ganar elecciones, listo. El macrismo, que vino a atacarla de frente y la presentó como el síntoma de la mala gestión, la duplicó. Se querían ir con 5% anual y la realidad les estampó un 53,8%.

La pandemia es una megafuerza deflacionaria urbi et orbi. Vale una aclaración: en el corto plazo. ¿Por qué no permanente? Por la masiva monetización de los enormes desequilibrios fiscales que se están acumulando. Enormes, realmente. Si eso es un riesgo en países en países con estabilidad nominal (que, esperemos, no se consume), imaginemos en una Argentina que ya está en un exótico régimen de alta inflación, quebrada, sin funding fresco para hacer leverage e imprimiendo casi todo el “gap” fiscal. Que, según las estimaciones actuales, va para 7% del PIB (y 10%, incluyendo deuda): los guarismos más feos desde 1975. Y pueden llegar a ser peores. El tercer Ingreso Familiar de Emergencia (IFE), anunciado a regañadientes, es muy bienvenido, así como el hecho de que incluye a los mismos que antes. Pero una simple multiplicación estremece: 9 millones (los receptores) por $10.000 son $90.000 millones. No es poca guita.

Volviendo. La inflación hoy está calma (1,5-2% en abril, mayo y junio). Las proyecciones van para arriba en el segundo semestre y algunos pocos dicen “hiper”. Pueden pifiarla y no sería la primera vez. Otros, más optimistas, dicen: puede seguir baja (siempre en estándares locales, claro) porque no hay presiones desde la economía real, con megarrecesión, sueldos a la baja, desempleo en ascenso y capacidad ociosa a rolete.

Ante esa situación (que incluye el riesgo de una aceleración), el Presidente podría proponer un esquema de desinflación en esa mesa corporativa. Un pacto de convergencia descendente para ir domando la bestia. Aprovechar el contexto de estos meses y darle, a lo Tomás Pueyo, un martillazo. Por cierto, Alberto deberá poner su parte sobre la mesa. Nadie imagina una “regla fiscal” vinculante, un fondo contracícilico nórdico o un programa monetario a lo Dujovne-Sandleris-Lagarde, pero, eso sí, algún tipo de balizamiento fiscal-monetario-cambiario hacia adelante. Un “el Estado se compromete a hacer esto y ustedes, esto”.  Un buen dato en ese sentido es que el Tipo de Cambio Real (TCR) no está apreciado: eso ayuda.

Si algo así se hiciera y, sobre todo, tuviera algún éxito, el tributario natural de ese activo sería el Presidente.  Linda “cucarda”. Además, obviamente, estaría muy contentos los tenedores de pesos. Es decir, todos.

La puja contra la bestia nominal puede ser el mascarón de proa de una reconstrucción amplia de la economía. Y, para ello, hay otros temas sobre los que se está trabajando, como salir del default. Antes de que llegue la pandemia, era el gran parteaguas del 2020 y, acaso, del Gobierno de Alberto. Hoy, necesitará eso, pero algo más también. “Arreglar el frente internacional es lo primero y, sin eso, lo otro es imposible”, dice el analista Federico Zinni. Eso incluirá, después del demorado “deal” con el compañero Larry Fink et. al, la deuda en dólares bajo Ley Argentina, el Club de París y el elefante en la sala: el Fondo Monetario Internacional (FMI).

Es probable, y ciertamente deseable, que Argentina logré “limpiar” su hoja de balance soberana y, además, seguir trabajando bien sobre el mercado de deuda en pesos, como está haciendo Diego Bastourre. Más allá de la críticas a la velocidad o la estrategia de Martín Guzmán, es verosímil pensar que Argentina pueda solucionar todo el “capítulo deuda” en el segundo semestre o el primero del 2021. Es obvia la importancia de lograr eso y es probable que potencie a Fernández, pero no bastará.

Otra veta sobre la que se está trabajando (hoy, por aguda necesidad) es el sostenimiento de los ingresos, vía AUH más el novel IFE. Migrar desde una asistencia focalizada hacia un “ingreso básico universal” podría ser un constructor de legitimidad política. Vale recordar los rendimientos políticos que tuvo la AUH para el primer Gobierno de Cristina Kirchner. Eso, por abajo, para darle alguna certidumbre ante una situación social que ya era dramática antes del Covid-19.

Una gran recuperación de la economía a lo Néstor no luce factible y no parece lo mejor descansar en algo de baja probabilidad de ocurrencia. Aunque deberá hacerse todo lo posible para que el rebote (apenas eso será, aun en el mejor de los casos) sea lo más veloz posible. Pero las tasas chinas hoy no están ni en China.

Según Zinni, el Gobierno debe “activar lo que haya” y apuntar “a un modesto plan de activación que apunte a recuperar en 2021 algo de lo que perdimos en 2020”. Agrega: “Lo que Alberto tiene que tratar de ser es el presidente de la estabilidad, no del crecimiento.  Eso va a requerir contener un poco las demandas legítimas por una recuperación que va a ser parcial y lenta. No es muy épico, es verdad, pero yo no veo de que otra manera podés pasar lo que viene”.

“En concreto, Alberto va a tener que, por abajo, fortificar su hasta ahora bastante eficiente sistema de protección social, nucleando todo en el IFE quizás, y para arriba dar pautas claras de que no va fugar hacia adelante (creo que eso lo da el acuerdo con el FMI) y sobre ese marco esperar que lo del medio se alivie por rebote”, dice Zinni.

Esa agenda, combinada y compleja, es la vía de escape de la grieta y la posibilidad de algo superador de la antinomia. Los constructores de legitimidad (interna y externa) que tiene Fernández pivotean por allí.  Si se pudiera, quizás, aflojar un poco más el cepo de US$ 200 mensuales ayudaría a los blues de la clase media.

Por cierto, la legitimación sanitaria, es decir, que la pandemia pase con la menor mortalidad es otro factor de construcción posible y en el que el Presidente ha hecho un “all-in” criterioso, aunque perfectible desde lo operativo.  Hasta ahora, y esto es un mérito social no menor, la mortalidad ajustada por población ubica a Argentina en el puesto 65°, lejos del podio mundial y también regional.

Temas como la reforma de Comodoro Py, otro ítem en la mente de Alberto, son interesantes y vaya si precisan debates, pero no permitirán sumar ese capital político necesario y podrían ser muy divisivos. ¿Son realmente necesarios hoy? Otro ejemplo: potenciar la “cuestión Malvinas” no es un buen camino tampoco, aunque es no implique de ninguna manera resignar el reclamo, justo y soberano, sobre nuestras islas. El timing es clave.

Declararle la guerra a la inflación es fácil, pero ganarla es difícil y la estrategia de batalla no puede descansar en lo monetario. Esa puede ser la vía de acceso del bicho, pero después invade todo. El Covid-19 ingresó por Ezeiza: una vez que entró, la solución no es cerrar Ezeiza. Es decir, el plan contra la inflación debe ser integral. Se ha dicho mil veces. Debe incluir a actores varios y el Estado tiene que hacer (mucho) más que tender la mesa. El revisitado Carlos Menem avisa que el que le ponga el cascabel al gato se lleva un premio.

Por cierto, la “paz de los cementerios” (inflación a la baja, pero con depresión económica) no es un escenario óptimo. Por eso, será necesario, también, animar a los privados porque el Estado se está quedando sin nafta. Allí, el “deal” con los duros de Wall Street y, luego, el acuerdo marco con el FMI son importantes. Mejor dicho, necesarios pero insuficiente. No hay tanto misterio sobre cómo seducir a los privados: que haya demanda agregada, algunos incentivos sectoriales y reglas más o menos estables. Logrado eso, Argentina se puede poner a producir y la recuperación, incluso, puede sorprender (máxima si hay ayudín desde afuera).

La ventana para hacer todo esto (si bien ya comenzó, falta mucho) es el segundo semestre, que ya estamos transitando. En 2021 ya es muy tarde. El Gobierno debe acelerar la agenda pospandemia, potenciar la mesa Estado-empresas-sindicatos y activar hitos simbólicos de “delivery”. La desinflación es una propuesta, que debe conjugarse en un plan que redunde en mayores ingresos disponibles para las familias (demostrado empíricamente que siempre ablanda todo), cierta estabilidad y evitar, con inteligencia, algunos temas ríspidos y/o prácticas no convenientes.

Resume Burdman: “Alberto necesita construir un liderazgo propio. Necesita hacer un albertismo, pero este no tiene que ser anticristinista. Tiene que ser un liderazgo de contenido, y no de competencia con Cristina. Tiene que presentar ante Argentina una visión propia y constructiva de la política de los próximos años. Tiene que ser (Charles) de Gaulle. Un liderazgo que da por cerrado los quilombos del pasado y hace propuestas para el futuro”.

Los funcionarios no deben enojarse ni entrar en dinámicas binarias sino gestionar para ampliar mayorías. Mayorías logrables de, digamos, 60-75% porque no vas a convencer a la que pedía fusilar a todos desde un parabrisas y no todo es representable. ¿Cómo ampliar mayorías y cómo construir poder? Con políticas populares concretas: no hay otra forma. El relato viene después, no antes. Si lo logran, hay premio. Siempre hay. ¿Podrán hacer lo necesario para merecerlo?

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