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“Preso sin nombre, celda sin número”: Epílogo

“Amanecer argentino III”, de Carlos Alonso, pastel al óleo sobre papel, 70 x 100cm. (Foto: Pablo Messil) (photo PABLO MESSIL/)

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Los policías de las cárceles clandestinas gustaban de bromear. Era una especie de omnipotencia, un ejercicio de la omnipotencia que consistía en modificar una situación de horror en un divertimento. Cuando llevaban a algún preso político a la cámara de tortura, solían comentar entre ellos: ¿cantará una ópera o un tango? Si obtenían poca información, era un tango. Cuando llevaban a un preso judío, las bromas se referían a las cámaras de gas, Auschwitz, “le mostraremos a los nazis cómo se hacen las cosas”. La omnipotencia también aparecía en las formas del consuelo: “Bueno, no te preocupes, sólo se muere una vez”. Y siempre, formas aparentemente normales de la degradación. Por ejemplo, reunir a todos los presos de una cárcel clandestina en una sola celda, tirados uno encima del otro, hombres y mujeres que trataban de adivinar su propio destino en cualquier gesto de los guardias, con el pretexto de que había que hacer una limpieza general.

A pesar de ello, cuando a uno lo preparaban para un traslado, los ojos vendados, las manos atadas a la espalda, tirado en el suelo posterior de un coche y tapado con una manta, prefería quedarse en la cárcel clandestina. Nunca sabía si lo llevaban a un interrogatorio, a una tortura, a una muerte, a otra cárcel donde tendría que descubrir nuevamente los mecanismos patéticos de la supervivencia.

Cuando después de un año de diferentes cárceles comenzaron los diarios a publicar rumores de que sería trasladado a mi casa bajo arresto domiciliario, las embajadas de Israel y Estados Unidos en Buenos Aires temieron que esa decisión fuera una invitación a los sectores más duros de las Fuerzas Armadas a tratar de liquidarme antes de que el traslado ocurriera. La embajada de Estados Unidos informó a mi esposa que consideraban que en el momento en que debía ser trasladado, que seguramente sería mantenido en secreto, me declarara enfermo, simulara un ataque al corazón, o cualquier cosa parecida, y solicitara la presencia de algún médico conocido. De ese modo ellos podrían tomar conocimiento del hecho, pondrían una ambulancia a disposición de mi esposa, y estarían en condiciones de controlar de algún modo el episodio. No fue necesario, pero incluso este traslado a mi casa tuvo todos los elementos de la angustia, el terror.

Ya hacía treinta meses que estaba preso cuando comenzaron los diarios de Buenos Aires a publicar trascendidos. La Corte Suprema de Justicia ordenaría al gobierno disponer mi libertad porque no había cargos contra mí. Cuando en septiembre de 1977 el Tribunal Militar declaró que no había cargos y que estaba en libertad, quedé preso a las órdenes del presidente de la República; cuando en julio de 1978 la Corte Suprema de Justicia declaró que el presidente no podía arrestarme si no había cargos contra mí, quedé preso a las órdenes de la Junta Militar. Y hubo un episodio curioso: un abogado, asesor legal de las instituciones judías de Buenos Aires, dictaminó que mi arresto no era ilegal ya que no se había desobedecido a la Corte Suprema: ésta había ordenado al presidente, pero no a la Junta Militar, mi libertad.

Finalmente, en septiembre de 1979, la Corte Suprema volvía a actuar, y se suponía que ordenaría mi libertad. Cuando tomó esa decisión, en vez de informar a mi esposa o a mi abogado, como corresponde a las normas jurídicas, informó al gobierno de su decisión, que era mantenida en secreto. Los generales, en reunión especial, decidieron que no me dejarían en libertad aún con orden de la Corte. La Corte Suprema amenazó con su renuncia. Los generales estaban dispuestos a arrestar a la Corte. El presidente de la Nación, general Videla, informó que si la Corte renunciaba también él presentaría la renuncia. Mi esposa estaba en Washington trabajando con un grupo de congresales que presionaban intensamente al gobierno argentino. También el Vaticano se estaba ocupando del asunto. Y tuve que vivir entonces el último traslado.

Es martes por la mañana. Los diarios de Buenos Aires informan que hay agitación en los cuarteles del Ejército, y los altos oficiales discuten la actitud a adoptar con la decisión de la Corte Suprema de ordenar mi libertad. Se anuncian reuniones inminentes de la Junta Militar. Se dice que el miércoles habrá una reunión definitiva y que los generales pondrán a votación mi caso.

Es mediodía del martes, y el rabino Roberto Graetz, miembro de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos me visita. Ahora vive en Río de Janeiro porque dos veces atentaron contra su vida en Buenos Aires. Me dice que nota un aumento considerable de policías en torno a mi casa, y que tuvo dificultades en entrar. Su esposa me envía una torta. Sólo le permiten estar cinco minutos, y se retira.

Una hora después un alto funcionario policial llega. Nunca lo había visto antes. Lo acompaña el jefe policial de la zona en que está ubicada mi casa. Me dice que me trasladará a otro lugar, donde debo firmar unos papeles. Que lleve un bolso con un poco de ropa. Me niego. Insisto en que me diga adónde voy, o que llame a mi abogado o a mi rabino. No quiere. Si no voy pacíficamente me llevarán por la fuerza. Discuto mientras él recibe un llamado telefónico. Contesta que ya sale. Cuelga el auricular, e insiste en que está muy apurado. Estoy solo en el departamento, y me angustia que no haya testigos de mi traslado.

Por un ascensor cargado de policías descendemos al subsuelo del edificio, donde en el garage nos espera un coche particular, sin señas policiales. Me dicen que ocupe el asiento de atrás. Gran despliegue de policías sin uniforme. En el coche me siento junto a una mujer elegantemente vestida, joven. Le pregunto si también es una presa, y me dice que es policía. Viajamos velozmente, acompañados por varios automóviles particulares cargados de hombres de civil. Tratan de evitar ser reconocidos.

Así llegamos a las oficinas de la Seguridad Federal, donde me informan que mi ciudadanía ha sido cancelada, que soy expulsado del país, y que inmediatamente seré trasladado al Aeropuerto. Declaro que la decisión es ilegal ya que solamente un juez puede tomar esa medida, pero que de todos modos para que sea efectiva deben transcurrir 60 días durante los cuales tengo derecho a apelar. “Apele desde Israel”, me dice el ayudante del ministro del Interior. Así me informo de que voy a Israel. Me entregan un pasaporte que sólo es válido por dos días, el encargado de negocios israelí es introducido en la habitación, y aplica la visa a mi pasaporte. Insiste en acompañarme. Hay una breve discusión, y dice que no me dejará ir solo, que quiere acompañarme hasta el avión. Salimos todos juntos del edificio. Todavía siguen discutiendo. Hombres de la seguridad israelí esperan en la planta baja, donde están estacionados los automóviles, y hay un clima de gran tensión. Un funcionario policial indica entonces que iremos hasta un helipuerto, ya que me llevarán en helicóptero hasta el Aeropuerto, distante 30 kilómetros de la ciudad, y que los funcionarios israelíes pueden seguirnos en su propio coche.

Una vez en el helipuerto, nuevamente los hombres de la seguridad israelí insisten en acompañarme hasta el avión. Nadie discute ahora, pero el clima es agobiante. Entonces un funcionario superior dice que no puede haber acompañantes en el helicóptero que me llevará a mí, pero que un segundo helicóptero nos irá cubriendo por si hay un atentado desde tierra, y que en éste puede viajar el encargado de negocios.

Así llegamos al Aeropuerto, donde hace dos horas que está retenido un avión de Aerolíneas Argentinas con destino a Roma. Con el jefe de la patrulla policial, el comandante del Aeropuerto, una patrulla de soldados de la Fuerza Aérea y el funcionario israelí, entramos al avión. Me dan un asiento. Mis acompañantes se retiran. El avión despega.

Tiempo después, supe por mi esposa que la embajada de Estados Unidos tenía preparados pasajes en un avión americano y a un grupo de hombres del FBI para trasladarme a Washington. También supe que a lo largo de las paradas del avión—Río de Janeiro, Madrid, Roma—hombres de seguridad de varios países controlaron mi presencia para evitar cualquier atentado.

También supe, porque lo publicó un diario argentino, que quince minutos después de la salida de mi casa, un grupo de militares llegó con la intención de secuestrarme. Y en el viaje en helicóptero, uno de los policías me dijo que no pudieron informarme en mi casa de mi expulsión del país porque varios servicios de seguridad tenían instalados aparatos de escucha que les podrían haber advertido que saldría vivo del país.

Hace dos días que me encuentro en Israel. Estoy pasando los días del Iom Kippur en el kibutz Ein Shemer, donde vive uno de mis hijos. Escucho por la radio que mencionan mi nombre y a la Argentina, y también al general Menéndez. No entiendo hebreo, y me traducen que el general Menéndez, jefe de la principal agrupación militar argentina, ha iniciado una revolución tratando de derrocar al gobierno porque fui puesto en libertad.

Tuve un sobresalto. Mis reflejos todavía estaban condicionados a la Argentina. Me pareció real, posible, inevitable. Sentí que no podría escapar. Y sin embargo, el general Menéndez, que había actuado como un Dios, que había decidido con un gesto simple, suave, la vida o la muerte de tantas personas en el campo de concentración “La Perla”, que él dirigía, no podía alcanzarme. Todavía podía hundir a la Argentina en una guerra civil, podía todavía enviar a las cámaras de tortura, a los hornos crematorios, lanzar al fondo de los lagos a muchos argentinos, pero ya no podía alcanzarme. Más bien, era su paranoia la que estaba al alcance de mi mano, pero él no podía alcanzarme.

Y es con esta sensación, que estoy lejos de la paranoia nazi que enloqueció de pronto al país más culto de América Latina, como una vez había enloquecido al país más culto de Europa, que llego al final del libro.

Sé que debe haber un mensaje, o una conclusión. Pero eso sería una forma de poner punto final a una historia típica de este siglo, a mi historia. Y no tiene punto final. No he perdido ninguna de mis angustias, nada de mi ideología, ninguno de mis amores ni de mis odios. Estoy esperando, excitado, apasionado. Sé que en cualquier momento, hoy o mañana estaré de vuelta lanzado a la gran aventura de ser un hombre independiente, un judío independiente, un periodista independiente. Sé también que el pueblo argentino no dejará de llorar a sus muertos, porque en su historia—muchas veces terrible—ha sabido ser leal a sus tragedias. Sé también que logrará vencer a los paranoicos de todos los extremos, a los cobardes de todos los sectores. Y sabrá ser feliz.

¿Alguien de ustedes miró alguna vez en los ojos a una persona, en el fondo de una celda, que sabe que va a morir aunque nadie se lo dijo? Sabe que va a morir, pero se aferra a su biología que quiere vivir, como una última esperanza, porque nadie le dijo que será ejecutado.

Tengo muchas de esas miradas clavadas en mí.

Cada vez que escribo o pronuncio palabras de esperanza, de confianza en el triunfo definitivo del hombre, me asusto: temo perder alguna de esas miradas. De noche las recuento, las recuerdo, las vuelvo a mirar, las limpio, las ilumino.

Creo que esas miradas, en las que he entrado en las cárceles clandestinas de la Argentina, y que he guardado conmigo una a una, fueron el punto culminante, el momento más puro de mi tragedia.

Están aquí hoy conmigo. Y aunque quiera hacerlo, no podría, no sabría cómo compartirlas con ustedes.

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