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Mil millones de dólares para matar a Juan Pablo I: el Cardenal que lo habría envenenado y otros dos crímenes con su sello

Nadie creyó en la muerte súbita de Juan Pablo I. Tal vez porque, como decimos los porteños, “no la caretearon ni un poco”. Albino Luciani, el Papa que duró 33 días estaba al tanto de una maniobra de nada menos que 1000 millones de dólares, consumada a través de la venta de certificicados falsos de grandes compañías estadounidenses. Por eso, para la mafia vaticana, y para la mafia norteamericana, la conclusión fue una sola: tenía que morir. 

¿Saben qué estableció la autopsia del Papa sobre su muerte? Nada. ¿Saben por qué? Porque nunca hubo autopsia. El tema ha vuelto a la luz a partir de las confesiones del mafioso italonorteamericano Anthony Luciano Raimondi, quien acaba de generar un escándalo mundial con la publicación del libro “When the Bullet Hits the Bone” (“Cuando la bala impacta el hueso”), donde cuenta con lujo de detalles quiénes y por qué mataron al Papa y cuál fue su propia participación en el crimen. 

Anthony Luciano Raimondi, tal como te contamos ayer en BigBang, es el sobrino de uno de los gangsters más famosos de la historia: Lucky Luciano, e integró hasta hace poco una de las familias más poderosas de la mafia norteamericana actual: la mafia Colombo. Las otras son los Bonanno, los Genovese, los Luchese y los Gambino. Lejos de las animosidades de otros tiempos, a menudo las mafias trabajan de manera conjunta en los “negocios” ilegales más importantes. No es un cuatro de copas ni un advenedizo en el mundo del crimen organizado: sabe de qué habla. Y Lucky Luciano era su tío. Y Paul Marcinkus era su primo.

Paul Marcinkus era el cardenal Marcinkus, presidente del Instituto para las Obras de la Religión (IOR) y absoluto responsable de las inversiones vaticanas. Había nacido en Cicero, Chicago, en 1922, mismo año y mismo lugar en que Al Capone se convirtió en el gángster más poderoso de los Estados Unidos. Casualidad, por supuesto.

Valium en el té y gotas de cianuro: un sicario reveló cómo mataron al Papa Juan Pablo I

Llegó a ser el hombre más cercano a Giovanni Montini, el Papa Pablo VI: lo llamaban “el guardaespaldas del Papa”. Era el antecesor de Juan Pablo I, 

Según detalló Raimondi, Marcinkus fue, a la vez, el autor intelectual y material del magnicidio. El hombre que lo planificó, el que contrató personalmente al personal asociado para el crimen y…¡el que cometió el crimen!  derramando unas gotas de cianuro con un gotero sobre la boca de Juan Pablo I, cuando su Santidad estaba aletargada por una fuerte dosis de Valium convenientemente suministrada en el té.

Tras la muerte de Juan Pablo I, asumió el papado Karol Wojtyla, Juan Pablo II, un viejo amigo de Marcinkus. Polaco y anticomunista, aquel Papa estaba francamente agradecido a Marcinkus por la participación del IOR en el financiamiento de Solidaridad, el sindicato a través del cual el sindicalista Lech Walesa socavó paciente pero inexorablemente al régimen del general Wojciech Jaruzelski.

Durante el papado de Juan Pablo II, Marcinkus se convirtió en una figura superpoderosa del Vaticano, mucho más poderoso que el simple responsable de las finanzas, lo que en sí mismo ya era bastante. 

El 18 de junio de 1982, apareció ahorcado en el puente londinense de Blackfriars el cadáver de Roberto Calvi, presidente del quebrado Banco Ambrosiano. Tenía los bolsillos llenos de piedras, pero también tenía 15 mil dólares en efectivo. El Banco Vaticano (Marcinkus) era el principal accionista del Banco Ambrosiano, que había nacido para cuidar las finanzas de la diócesis de Milan y terminó cuidando las finanzas del Vaticano cuando el propio obispo de Milan, Giovanni Montini, se convirtió en el Papa Paulo Vi. La Justicia británica estableció en un principio que Calvi se había suicidado; con el tiempo, pensó todo lo contrario y reabrió el caso, aunque jamás pudo comprobar que haya habido un crimen.

El Ambrosiano había crecido gracias a la amistad de Calvi con el mafioso Michele Sindona, a la sazón asesor financiero del papa Pablo VI. A Sindona y Calvi les fue encomendada la creación de una banca católica. Calvi involucró en el proyecto a Marcinkus y se hicieron grandes amigos, todo lo amiga que puede ser la gente cuando hay mucho dinero en el medio. En 1986, Sindona tomó un cafecito con cianuro (oops, ¿lo recuerdan?) en la prisión de Voghera, italia, donde cumplía una cadena perpetua por el asesinato de Giorgio Ambrosoli, el abogado encargado de liquidar los bancos que Sindona había fundido. 

Un año después de la muerte de Sindona y cinco años después de la muerte de Calvi, la Justicia italiana ordenó la detención de Marcinkus  por la participación fraudulenta del IOR en la quiebra del banco Ambrosiano. Juan Pablo II se negó a entregarlo: Marcinkus permaneció encerrado durante tres meses. Al fin y al cabo, legalmente, el Vaticano es un Estado. Al cabo de tres meses, la orden de detención fue revocada: la Justicia había cambiado de idea. Marcinkus murió en 2006: terminó sus días jugando al golf en Phoenix, Colorado, absolutamente libre de culpa y cargo. Pero nadie puede asegurar que fue al Cielo, si es que tal cosa existe. 

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