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Las reservas de la clase política a la reelección de Donald Trump

Por Atilio Molteni Embajador

 

Tras la euforia que produjeron en Donald Trump las repercusiones de su discurso de tono triunfalista sobre el Estado de la Unión ante el Congreso, como el subsiguiente rechazo del Senado al pedido de juicio político concebido por la Cámara de Representantes para destituirlo de la función presidencial, aumentaron las especulaciones acerca de la continuidad del mandatario como jefe de la Casa Blanca por otros cinco años (los doce meses que le restan del presente mandato, más cuatro años de una eventual reelección).

 

Son pocos los que logran separar la paja del trigo cuando escuchan o analizan un discurso oficial plagado de estadísticas y afirmaciones positivas sustentadas en hechos tangibles, medias verdades y un relato que tiene clara tendencia a la fantasía.

 

En todo caso, la perspectiva de que sean el propio Trump o Bernie Sanders quienes ocupen la Casa Blanca en enero de 2021, provoca fuerte, y en muchos casos justificada preocupación de la clase política europea y de otras naciones del planeta.

 

El principal de los temas del discurso de Trump ante el Poder Legislativo, fue un reguero de indicadores sobre la positiva evolución de la economía de su país, resultado que atribuyó a la reducción de impuestos, la desregulación y a la renegociación del NAFTA y otras acciones encaminadas a incrementar la competitividad de Estados Unidos para atraer inversiones y aumentar la exportación.

 

Esos objetivos no parecen haber sido alcanzados en forma contundente.

 

A ello se agregó la imposición de tarifas de dudosa legalidad a la importación de productos chinos y la firma de un acuerdo comercial inicial con ese país, medidas que aumentaron el valor de las acciones bursátiles y estimularon la producción de gas y petróleo. Sólo por ejemplificar la validez de estas afirmaciones, cabe recordar que la pasada semana El Economista señaló que tanto el nuevo NAFTA (el USMCA o T-MEC) y la Fase Uno del acuerdo con China no estaban en vigencia en el período comentado, de forma que mal pueden haber incidido en el dinamismo de la pasada actividad económica.

 

También afirmó que, al retomar la senda del crecimiento, Estados Unidos volvió a ser respetado en el mundo y que su programa de Gobierno permitía asegurar un brillante futuro. Con el aludido relato fundamentó los objetivos de la campaña electoral para los comicios que se realizarán el próximo 3 de noviembre los que, entre otros, persiguen la idea de cambiar al sistema de salud y los beneficios para los grupos afroestadounidenses.

 

En el ámbito de la política exterior, destacó sus acciones en Medio Oriente, su interés de terminar con el conflicto en Afganistán y los peligros derivados de la destrucción de Venezuela por las acciones del régimen socialista de Nicolás Maduro. Este tema cobró especial relevancia al mencionarse la muy celebrada presencia en la sala del líder opositor Juan Guaidó, así como por la reunión formal que luego mantuvieron ambos líderes en la Casa Blanca. Durante la ceremonia Trump creó una situación atípica con la presidente de la Cámara de Representantes de su país, la demócrata Nancy Pelosi, a quien se negó a saludar cuando ésta le extendió la mano, a despecho de los antecedentes y tradiciones protocolares. Tal conducta originó la visible represalia, cuando la legisladora rompió el texto en papel de la alocución presidencial al finalizar la lectura del Primer Mandatario, gesto que fue apreciado en toda su magnitud por los concurrentes, la prensa y la enorme audiencia que sigue por televisión estas ceremonias.

 

El discurso de Trump coincidió con el repunte de su figura en las encuestas Gallup, las que constataron que su nivel de aprobación ronda, en estos días, en 49%. O sea el más alto en lo que va de su mandato. Tal resultado parece originarse en el optimismo por el estado de la economía (a pesar de la inequidad distributiva de los ingresos), del alto nivel de empleo y la paralela caída de la popularidad del partido demócrata, debido al fracaso del juicio político que emprendieron hace cinco meses contra Trump, fundado en los cargos de abuso de poder y obstrucción al Congreso, ya que el Jefe de la Casa Blanca buscó la colaboración del gobierno de Ucrania para investigar a la familia de uno de sus principales rivales políticos (el candidato Joe Biden).

 

La absolución ocurrió después de tres semanas de debate en el Senado, donde su defensa desarrolló una interpretación muy amplia del derecho del Poder Ejecutivo a evitar la presentación de mayores pruebas y la comparecencia de testigos, argumento defendidos por casi todos los senadores republicanos que, siguiendo la línea partidaria, sostuvieron que Trump no había hecho nada malo. La única excepción a ese respaldo masivo contra el primero de los cargos, fue el voto favorable del senador Mitt Romney, quien sostuvo que lo hacía porque esa era su honesta interpretación de los hechos. Romney había sido el candidato republicano designado para enfrentar a Barack Obama en las elecciones presidenciales de 2012, en la que fue reelecto el presidente demócrata.

 

El previsible rechazo a la iniciativa de destitución en el Senado, se debió a que los demócratas no lograron los dos tercios para removerlo (67 votos) en las dos votaciones que tuvieron lugar. Al ver esa conducta, Trump no tardó en reflejar su profundo resentimiento hacia quienes intentaron sacarlo del poder a los que, en el marco de una ceremonia realizada en la Casa Blanca dos días después, calificó en lenguaje muy directo de deshonestos y corruptos. La decisión de los legisladores republicanos de apoyar al Presidente Trump, respondió a dos intereses partidarios. El primero, protegerlo aún a costa de olvidar la función de control del sistema democrático que les cabe. Al mismo tiempo esa línea no es ajena a la positiva realidad económica, política y social de Estados Unidos, factores que indujeron a este Partido a no moverse más a la derecha para defender los intereses de los Estados que representan frente a presiones de otros sectores de la población (numéricamente mayoritarios), mientras el sector progresista de los demócratas lo ha hecho volcándose con mayor intensidad hacia la izquierda. Algunos analistas entienden que en ese país se produjo una “polarización asimétrica” de rasgos muy negativos, debido a que sus miembros no están abiertos a los compromisos necesarios para buscar soluciones de consenso a los problemas de un país que todavía funge como la mayor potencia mundial. Esta situación tiene alguna similitud con lo que en Argentina se califica como “grieta”, donde las actitudes de los dirigentes están marcadas por la relación amigo-enemigo. A esto se unen las características personales del presidente Trump, quien con frecuencia no respeta los principios democráticos, las instituciones, las normas del derecho o el papel de la prensa.

 

La difícil perspectiva del partido demócrata para las próximas elecciones se reflejó el pasado 3 de febrero en el caucus (la interna) de Iowa, que inicia tradicionalmente el proceso para elegir candidatos. Allí compitieron siete de ellos, pero tardaron días en conocer sus imperfectos resultados (ya que en ese proceso no se utilizaron urnas, sino otros procedimientos de conteo de votos) debido a errores en un nuevo sistema de tabulación que se puso en práctica para aquilatar la seguridad en el proceso y evitar la intromisión extranjera (Rusia) que se percibió en las elecciones de 2016.

 

Si bien la votación en dicho Estado, al que siguió la compulsa en New Hampshire, no refleja las tendencias del país en su conjunto, ambas resultaron favorables al popular senador del progresista de Vermont, Bernie Sanders, un socialista democrático (que no apoya el capitalismo) y busca la igualdad mediante la distribución de la riqueza más que de su creación.

 

En 2016 Sanders perdió la nominación demócrata frente a Hillary Clinton, pero regresó al ruedo político con nuevos bríos presentando programas de salud, educación e infraestructura que implicarían una expansión notable del gasto público, mientras un candidato moderado como el exvicepresidente Biden salió cuarto, a pesar de que cuenta con el apoyo del 27% de intención de voto procedente de varios sectores de su partido, como los son los afroestadounidenses y los latinos. Paralelamente, es el hombre que mejor representa a la clase media.

 

Tampoco encontró suficiente apoyo la senadora Elizabeth Warren, quien es otra exponente del ala progresista y compite por los votos de Sanders, argumentando en favor de los derechos de los trabajadores y de disminuir el poder de las empresas y de los billonarios (14% de intención de voto).

 

Quien acaba de saltar al ruedo con muchos fondos propios, es otro relevante candidato demócrata, Michael R. Bloomberg (8% de intención de voto), hombre de vasta fortuna y filántropo, que fue por doce años un influyente alcalde de Nueva York (20022013) y decidió trabajar en una campaña no convencional, ya que no intervino en estas primeras votaciones. Bloomberg ostenta la posición especial de ser el dueño de una de las mayores empresas de información financiera y datos. Él declaró que su prioridad es combatir la desigualdad y obtener el apoyo de los votantes del centro del espectro político. Gane quien gane en el partido demócrata, el elegido deberá competir con el actual jefe de la Casa Blanca.

 

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