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Las PASO, otra vez en debate

Elecciones 2019 (Maximiliano Luna)

Un año inédito y dramático para el mundo está llegando a su fin. Si bien la incertidumbre llegó para quedarse y los riesgos y las contingencias no deben descartarse, resulta esperable que el 2021 sea mejor que su predecesor. Esta hipótesis no se desprende de la profecía de un moderno Oráculo de Delfos ni del augurio de algún místico gurú, sino del simple hecho de que el año 2020 ha sido uno de los más difíciles para el mundo en general, y para la Argentina en particular. Si las vacunas están -como señalan algunos expertos- a la vuelta de la esquina, y ya en los primeros meses del próximo año la Argentina comenzará campañas masivas de vacunación, todo refuerza la expectativa de que un año mejor está por comenzar.

A nivel económico, la crisis sanitaria del COVID-19 impactó con mayor crudeza en los países en vías de desarrollo. América Latina arrastra sus “deudas” del siglo pasado (agua potable, saneamiento, vivienda, empleos formales, disminución del hambre y la pobreza, acortar la brecha de la desigualdad, etc.), planteándose, al mismo tiempo, los desafíos propios del siglo XXI, tales como el acceso universal a Internet y las nuevas tecnologías, el desarrollo científico al servicio de un proyecto nacional, los empleos del futuro, etc.

Así las cosas, con estos renovados bríos que parecieran soplar, los contornos de un nuevo proceso electoral ya se recortan en el horizonte. Y entre los debates que se visibilizan en torno a las campañas electorales en ciernes, uno muy particular aparece una vez más en el centro de la agenda: las Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) emergen como uno de los temas más debatibles, tal como sucediera durante 2002 cuando el Congreso sancionó las primarias que luego fueron suspendidas en noviembre de dicho año y luego derogadas, y desde 2009 cuando se volvieron a instalar a partir de la sanción de la Ley 26.571 conocida como “Ley de democratización de la representación política, la transparencia y la equidad electoral”.

¿Para qué sirven las PASO?

Con la implosión del sistema político que caracterizó al año 2001, que se agudizó con la profunda reconfiguración política operada entre 2003 y 2005, la política vió con preocupación que cada vez se presentasen más listas en la instancia de elecciones generales, y que proliferaran partidos como suerte de “sellos de goma” a disposición del mejor postor, que luego recibían financiamiento público en función de los sufragios obtenidos por sus “candidatos inquilinos”. Además, el PJ demandaba un proceso de unidad detrás de un Néstor Kirchner que ya había logrado reconstruir la autoridad presidencial: de alguna manera, el peronismo quería evitar el escenario 2003, donde llegó a las elecciones con tres fórmulas, que sumado su caudal electoral alcanzó el 60,81% de los votos.

Tras ese contexto, las PASO surgieron como una herramienta para dirimir las diferencias internas dentro de un partido o frente sometiéndose a la libre expresión de la voluntad popular, aumentar los niveles de conocimiento de los candidatos y llegar fortalecidos electoralmente a una instancia general. Con más luces que sombras, las PASO lograron su cometido: reducir la oferta electoral a partir de competencias primarias y el rendimiento electoral de los espacios en los que sólo hay una oferta (sólo compiten en octubre los que alcanzan un piso de 1,5% de los votos), y con ello consolidar candidatos.

Dentro de las múltiples críticas, dos asoman con mayor fuerza. Hay quienes señalan que, para cargos presidenciales, el resultado de estos casi diez años de vigencia de las PASO ha sido bajo, ya que la mayoría de espacios no utilizó la herramienta en toda su magnitud, si bien fueron un mecanismo muy utilizado en cargos legislativos y locales. Por otro lado, se suele remarcar el elevado costo que significan una instancia electoral adicional -además de las elecciones generales-, y su relevancia en un contexto de crisis como el actual. Sin embargo, si el debate se limitase exclusivamente al gasto, entraría como argumento el desdoblamiento de elecciones provinciales (en distintos días o meses que las nacionales) e incluso la necesidad de tener elecciones de medio término. Evidentemente hay gastos que, si bien se pueden optimizar, son necesarios para la vitalidad de una democracia.

Consolidar la democracia (también) a partir de sus reglas

Como es sabido, ningún diseño electoral -fórmula que traduce los votos en cargos- es ingenua ni neutra. Por ello, la disputa que se genera en torno a los diseños electorales es a quién beneficia y a quién perjudica.

El politólogo alemán Dieter Nohlen ya señalaba en la década del ’90 que en Argentina las reformas electorales dependían en gran medida de especulaciones y cálculos políticos, sobre todo en razón de que tradicionalmente el sistema electoral no ha sido visto como una imprescindible regla de juego transparente y estable, sino como un instrumento de poder.

Como han demostrado los clásicos estudios de Duverger, Rae y Sartori, no sólo son “el instrumento más manipulable”, sino también más determinante en el corto plazo del sistema político, fundamentalmente por su impacto en la configuración y el funcionamiento del sistema de partidos. De allí que la reforma electoral debe ser fruto del consenso entre los partidos políticos, aunque técnica y jurídicamente esté sustentada por la Biblioteca de Alejandría.

Por ello, es de suma importancia poder debatir, sancionar y sobre todo consolidar en el tiempo reglas de juego estables que le den legitimidad al sistema político. En democracia todo es debatible, pero una democracia de calidad implica sostener reglas de juego predecibles en el tiempo.

La decisión de llevar a cabo las PASO en este 2021 aún está en debate. Poder modificar el funcionamiento electoral requiere el voto de la mayoría absoluta del Congreso, lo que dificulta que se puedan tomar decisiones intempestivas o unilaterales. Lo cierto es que, sea cual sea la intención de los actores relevantes en el escenario electoral, la única decisión posible en lo que atañe al funcionamiento de la democracia, se desprende necesariamente de un consenso lo más amplio posible.

*Sociólogo, consultor político y autor de Comunicar lo local (Parmenia, 2019)

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