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Las locuras de Beto y Cris

Por Javier Boher
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Jim Carrey es un reconocido maestro de la comedia física. Aunque trató de explorar la veta dramática para evitar quedar encasillado (algo parecido a la historia de Guillermo Francella y su reconversión) sus obras más recordadas son aquellas en las que explora todo su potencial físico y de morisquetas.
En 2005, poco tiempo después del colapso de Enron y algunas otras multinacionales que supieron camuflar su delicado estado financiero, protagonizó -junto a Téa Leoni- una historia que en este lado del globo se conoció como “Las locuras de Dick y Jane”. En la misma, un empleado de una empresa que es vaciada intencionalmente debe enfrentarse a la desocupación posterior a la quiebra.
En uno de los momentos más recordados de la película, Carrey es nombrado Vicepresidente de comunicaciones, cargo desde el cual deberá explicar -en vivo y por un canal especializado- que la empresa está sólida y que no hay ningún problema en los números. Acosado por el presentador, no puede justificar los movimientos mientras colapsan los valores de su empresa en la bolsa, decretándose simbólicamente la muerte de la misma.
Escrachado gratuitamente, embaucado por los que urdieron la maniobra, el personaje de Carrey tiene problemas para conseguir un empleo como el último que tuvo, lo que desvía la trama a situaciones hilarantes que conllevan un trasfondo de crítica idealista al sistema financiero y los peces gordos de dicho mundo.
Al que le tocó jugar un poco el papel de Carrey fue a Martín Guzmán, el ministro de economía, durante su exposición frente al congreso. Aunque no respondió preguntas como las que le disparaban al protagonista de la película, quedó en evidencia que no hay más plan que pagar lo menos que se pueda, sin mayores intenciones de ajustar el gasto para tratar de hacer cerrar los números.
Guzmán debió poner la cara para explicar los pormenores de un plan que no se quiere dar a conocer (para no revelar las cartas -como en el póker- o porque mienten para empardar sin nada -como en el truco-) o que directamente no sabemos si existe. Aunque se sentó a hablarles a los de adentro y no a los de afuera, no hubo ningún mensaje convincente ni para uso ni para otros.
Para colmo de males, tironeado por el jihadismo cristinista de Kicillof y demás fundamentalistas de la heterodoxia (autodenominación usada por los que intentan ignorar las leyes básicas de la economía), las acciones que trata de poner en marcha para destrabar el freno de la deuda y aligerar el impacto de la crisis son golpeadas por fuego amigo de manera permanente.
Mientras tanto la política sigue su curso, ignorando por completo la urgencia del tema de la deuda para evitar un colapso de la economía argentina. Si hay -o no- presos políticos, si hay que reformar -o no- la Constitución Nacional, si tiene que salir -o no- el aborto, y así con todo.
Todo eso con gente que pide subsidios para las murgas o el teatro mudo pero se queja si les suben los impuestos (o que no los pagan), gente que defiende los sueldos de los empleados de empresas públicas “porque tienen buenos gremios” pero se queja si les suben los servicios, gente que está en contra del punitivismo pero llora si le entran a robar a la casa, gente que defiende la escuela pública pero manda a los hijos a la privada, y así con todo.
Se vive en un embrollo político en el que cada decisión es una pelea entre sectores que quieren apropiarse de recursos sin pensar en si sus ideas sean sostenibles a largo plazo, siempre ignorando que hay que pagar por todo lo que se gasta, con plata que hay que pedir prestada o que hay que cobrar en impuestos.
En ese contexto, sin conocer todo lo que se cocina en política, mandaron al ministro a defender un plan económico que -por lo visto hasta ahora- no existe. Mientras Alberto, Cristina y el resto de la coalición de gobierno sigue sin resolver las disputas, Guzmán fue a poner la cara sin saber muy bien qué tenía que defender. Ahora, como en la película, se empiezan a mover los mercados que no confían en el emisario al que mandaron a hablar.

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