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La historia del guanaco según los Aonikenk

Mi amigo, el cantor, compositor, periodista y escritor Oscar Payaguala de pura cepa Aonikenk en su muy interesante libro “Anunk” dejó crónicas imperdibles donde rescata tradiciones, costumbres y leyendas de su pueblo. Con atractiva prosa supo escribir la historia del guanaco, de muy amena lectura y que nos enseña mucho sobre este animal tan característico de la estepa patagónica.

Cuenta Oscar que “en los comienzos, guanacos y hombres eran muy unidos, a tal punto que los guanacos nunca habían vivido solos”. “El buen Dios, le había dado al guanaco una gran belleza, para que todos quisieran estar cerca de él, y nada de maldad, lo que se refleja en sus ojos curiosos y transparentes”.

“En aquella época en que vivían juntos, los tehuelches se procuraban la caza, la ropa y la comida de otra forma: buscaban raíces y frutos para comer, hacían casas con ramas y ramitas, tejían ropa”. “Pero, un día, alguien dijo: tienen tantos hijos que no podemos comer que nos podemos comer alguno sin que se den cuenta, porque tenemos hambre”.

“Una mujer decidió: ¿por qué ellos están calentitos con sus pieles y nosotros tenemos frío? Y convencieron a los guanacos de dar la vida por ellos. Total son muchos!!! Y a cambio de sus cueros y pieles, los hombres los cuidarían de los pumas, que son sus enemigos”.

“De a poco, todo lo daban los guanacos: la casa, la comida, los tientos para coser, los hijos, los huesos para pintar y hacer herramientas, las pieles, y los hombres no daban nada a cambio y no les importaba que el puma matara a alguno. Total…¡eran muchos!”.

“Y como suceden estas cosas, casi sin darse cuenta, los guanacos se fueron convirtiendo en esclavos de los tehuelches. Un día, Kwonip, un guerrero, maltrató severamente a un macho grande y éste, harto del abuso se escapó”.

“Corrió y corrió hasta que estuvo fuera del alcance y cuando se sintió seguro, recién paró y se puso a conocer el nuevo lugar. Fue allí que encontró al zorro que, curioso, se rió mucho y le explicó la maldad de los hombres y otras cosas de la vida”.

“El guanaco también creía que el zorro se había escapado de otros hombres por malos tratos y le costó mucho entender qué era la libertad. Anduvo unos días por allí con su nuevo amigo, aprendiendo más cosas necesarias y un día lo convenció al zorro de emprender el rescate de todos los guanacos que estaban presos de los hombres”.

“Le costó bastante convencerlo, porque el zorro es muy desconfiado de los humanos, pero decidió que su nuevo amigo era demasiado bueno para tamaña empresa y lo acompañó. Juntos liberaron a todos los guanacos y juntos emprendieron una carrera veloz hacia las tierras más lejanas que pudieran encontrar”.

En el camino pasaron incontables peripecias y peligros y muchas veces tuvieron que esconderse. Como pasaron por lugares donde la tierra era ocre, sus panzas quedaron manchadas de amarillo, que Elal, que los estaba vigilando atentamente, les dejó para siempre como marca de la liberación de los hombres”.

“A todo esto, los paisanos se pusieron furiosos cuando se dieron cuenta que los guanacos se habían escapado olvidando que todo había sido causado por sus abusos y así comenzó la cacería de guanacos de todas las edades, que a Elal tampoco le gustó por qué no había que matar chulenguitos ni hembras, a lo sumo animales machos adultos únicamente”

“Pero como ya no podía dotar al guanaco de maldad, porque recordemos que toda la maldad la había pedido los hombres, decidió, en una charla con el zorro, que éste lo entrenara en técnicas de supervivencia: por eso siempre está el macho dominante en los altos de una lomada y grupos de machos jóvenes hacen patrullas alrededor de las hembras y los bebés, en esa guerra que hay entre guanacos y personas”.

“En cuanto a la amistad con el zorro, lamentablemente terminó mal por culpa de los hijos del zorro que son unos mentirosos. Pero eso es -cuenta Payaguala- otra historia”.

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