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La desgarradora rutina nocturna de la mamá de Fernando Báez Sosa tras el homicidio

Silvino Báez y Graciela Sosa siguen viviendo en el mismo departamento en el que hace sólo un mes y medio despidieron a Fernando, quien se preparaba para disfrutar de sus primeras vacaciones con amigos en Villa Gesell. Cómo es el día a día de la familia después del asesinato a golpes de su único hijo de 18 años.

El cuarto de Fernando sigue tal y como lo dejó antes de su viaje. Su madre recibió un mes después del crimen la valija con la que había partido a Villa Gesell. “Fue muy duro, porque había ropa sin lavar. Lo único que pude hacer fue sentarme y olerla”, reconoció Graciela, quien desde la madrugada del 18 de enero en el que la llamaron para decirle que su hijo había sido asesinado necesita pastillas para conciliar el sueño.

“Los fines de semana son los días más difíciles porque siempre estábamos juntos en familia. A la noche, cuando estamos solos en casa hay un vacío enorme”, describió Silvino en diálogo con el periodista Mauro Viale para el canal A24.

Es difícil ver cuando llega la noche que mi esposa va para la pieza de Fernando a ver sus fotos”

Por las noches, el dolor se agudiza. “Es difícil ver cuando llega la noche que mi esposa va para la pieza de Fernando a ver sus fotos. Me rompe el alma ver a mi mujer así. Estamos casados desde hace 21 años y estuvimos cuatro de novios. Trato de ayudarla para que esté mejor. Es una guerrera, no sé de dónde saca tanta fuerza”.

Silvino y Graciela pudieron ver los videos de la bestial golpiza semanas después del crimen. Ella lo hizo sola, mientras el resto de su familia dormía. Él se quedó pasmado con la cruda postal: “Lo mataron en una jauría, no le dieron ni una oportunidad; ya en el primer golpe lo dejaron knocaut y siguieron pegánfole por atrás, cobardemente. Parecían endemoniados”.

Los diez rugbiers permanecen imputados, aunque dos de ellos están en libertad por “falta de pruebas”. Ninguna de las familias se comunicó con los Báez Sosa. Ellos tampoco quieren atenderlos. “Me gustaría preguntarles (a los imputados) como padre de Fernando y como ser humano por qué hicieron eso. Ni las bestias pegan cuando uno queda en el piso, estaban endemoniados”.

El desgarrador momento en el que la mamá de Fernando vio el brutal video y cómo se enteró del crimen

El sábado 18 de enero, Silvino Báez se despertó como todos los días a las seis de la mañana. Tenía que trabajar. Después de unos meses desempleado, había conseguido el puesto de portero en el edificio de Recoleta, el mismo en el que vive junto a su mujer, Graciela Sosa. Ambos habían despedido una semana atrás a su único hijo, Fernando, quien se iba por primera vez de vacaciones con amigos. El destino: Villa Gesell.

Aunque se movió con extremo cuidado para no despertar a su mujer, el teléfono de Graciela sonó a las seis de la mañana. No lo sabían, pero Fernando acababa de ser declarado muerto, después de que diez rugbiers lo golpearan a la salida del boliche Le Brique. “¿Quién habla? ¿Quién habla?”, preguntó entre sorprendida y asustada. No tenía agendado el número desde el que estaba recibiendo el inusual llamado.

Una voz anónima le dijo que habían llevado de urgencia a su hijo al hospital. Le dieron un número de teléfono y cortaron la comunicación. Sentada al pie de la cama, Graciela miró a su marido. No tomaba dimensión de lo que acababa de escuchar. El teléfono volvió a sonar. Esta vez era un compañero del secundario de Fernando, que también se había sumado al viaje. “No sé nada de Fer, estoy demorado en una comisaría”, alcanzó a decirle.

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En ese momento, Graciela decidió llamar a Julieta Rossi, la novia de su hijo. Lo que no sabía es que en ese momento, la joven de 18 años se encontraba con la campera roja de la víctima en la puerta del hospital. Le acababan de confirmar que Fernando había muerto. La joven estudiante de derecho atendió a su suegra, pero no podía hablar. Graciela se aferró a la esperanza de que su hijo siguiera con vida.

El teléfono volvió a sonar. Esta vez, su marido decidió atender. Cuando colgó, se quedó mudo. Miró a su mujer y le confirmó sin rodeos. “Fernando está muerto”. “Empecé a golpear a mi marido con toda mi fuerza. Le decía: ‘¡Mentira! ¡No es verdad!’. Me acuerdo que pensaba en mi bebé”, reconoció la mujer, que se encontraba a casi 400 kilómetros de la morgue en la que se encontraba el cuerpo de su hijo.

Tenía ganas de abrazarlo, pero no podía: estaba muy deteriorado por todos los golpes que le dieron”

“Enseguida salimos para Villa Gesell. El viaje se me hizo interminable. Aún así tenía esperanzas. Pensaba que capaz se habían confundido. Hasta que fuimos a la comisaría y me dieron su cédula de identidad. Fue, es y será el día más triste de mi vida”.

Los padres tuvieron que reconocer el cuerpo y fueron una de las primeras personas en ver la marca de la zapatilla que tenía estampada en el costado izquierdo de su rostro. “Tenía ganas de abrazarlo, pero no podía: estaba muy deteriorado por todos los golpes que le dieron. Me arruinaron la vida. Todavía no puedo creerlo, pero es verdad”.

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El velorio fue a cajón cerrado. Nadie quería ver a Fernando así. Prefirieron quedarse con la sonrisa con la que se despidió cuando dejó el departamento que compartía con sus padres para disfrutar junto a sus amigos y su novia de unas vacaciones. Horas después, Fernando Burlando asumió su defensa y puso a su equipo a trabajar de inmediato. Graciela prefirió mantenerse ajena a la investigación: “Eso lo dejo para los abogados”.

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