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Horacio Rosatti presidente: hay monstruos en la cabeza de la Corte Suprema

Horacio Rosatti es un juez raro.
Durante años rastreó por el país personajes significativos de la historia de Boca Juniors que terminaron integrando los cuatro tomos que escribió para el centenario del club que lleva en el alma, en la piel y en la cabeza pese a ser santafesino. El fútbol se le mezcla con su peronismo: puede hacerlo llorar “La 12” cuando se mueve y canta como una marea sobrehumana, pero también lo llena de admiración “La Guardia Imperial” de Racing Club, porque esa hinchada tiene su propia épica, fruto de su propia resistencia.

Yo diría que Rosatti, pese a tener 65 recién cumplidos, es un romántico de otra época que, aparte de su enciclopedia bostera, escribió sobre los derechos de las minorías evocando el mito de Frankenstein y sobre cómo cambian la vida, la sociedad y el Derecho ante la utopía de la inmortalidad, reflotada en los últimos años por los avances de la ciencia y la medicina, que nos permiten vivir muchos años más, y que él sintetizó en la monstruosidad del conde Drácula.

Claro que la poética y la filosofía no hacen de Horacio Rosatti un tipo fácil ni un blandito. De algún modo es el Heathcliff de “Cumbres borrascosas”, que se fue arruinado y maldito del Ministerio de Justicia de Néstor Kirchner en 2005 y volvió cortesano una década después, en primera instancia por decreto de Mauricio Macri y luego con aval del Senado. Está claro que Cristina no lo quiere nada, pero hay quienes apuestan a que Alberto Fernández no sentiría lo mismo, pese a que el actual Presidente era Jefe de Gabinete cuando Rosatti se le plantó a Néstor por unas cárceles muy sobrevaluadas. Me dicen que, ojo, que aquel proyecto de obras carcelarias “era de Julio De Vido, con quien Alberto jamás se llevó bien y menos ahora”.

Es una incógnita Rosatti. En el Palacio de la calle Talcahuano hay quienes aseguran que llegó a ser presidente de la Corte Suprema empujado, más que nada, por su propia astucia, aunque sin desmerecer fuertes apoyos en el interior del país, como los de los gobernadores Juan Schiaretti y Omar Perotti. Lo cierto es que su coterráneo Ricardo Lorenzetti estuvo ausente en la “elección” y Elena Highton de Nolasco se excusó, según se rumorea, inducida por alguien desde la Casa Rosada. Los votos de Juan Carlos Maqueda y Carlos Rosenkrantz podrían sintetizar la coincidencia de aquel peronismo más tradicional con un sector de la oposición referenciado en Elisa Carrió, que el fondo lo quiere a Rosatti. No podría decirse lo mismo del citado Lorenzetti, que pretendía volver a encabezar el Máximo Tribunal con los apoyos del kirchnerismo, del massismo y de Horacio Rodríguez Larreta.

Esta independencia de Horacio Rosatti habla bien de sus condiciones y no tanto de sus posibilidades. Más allá de los toletoles palaciegos, hay reformas pendientes en el vapuleado Poder Judicial, así como discusiones postergadas que incluyen la ampliación de la misma Corte Suprema y generan un sinnúmero de presiones cruzadas.

Hace un par de años, en una entrevista periodística, Rosatti sorprendió al declarar que “si un juez tiene una presión, cualquiera que ésta sea, política, económica o mediática, la debe denunciar, y si no, debe renunciar. Si se considera que no está en condiciones, un juez debe renunciar. Porque esto no es para flojos de carácter”.

Y “esto” está. Horacio Rosatti, el juez raro, es su propia versión de la metáfora de Frankenstein.

por Edi Zunino

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