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El modelo económico del populismo ya no puede generar salarios reales altos

Por Jorge Colina (*)

El economista Rudiger Dornbush es conocido por muchos economistas porque con su libro empezaron a dar los primeros pasos en la macroeconomía. Hace 30 años escribió un trabajo que se llama “Macroeconomía del populismo”. 

Lejos de atacarlo, lo que quiso es clarificar por qué los modelos económicos populistas fracasan y derivar las condiciones para que puedan no hacerlo. Su esposa era latinoamericana por eso valoraba las intenciones del populismo, pero entendía que el método no era el mejor.

Básicamente, esquematizó el modelo populista con el formato de aumento del salario real, acuerdo y controles de precios y que las empresas basen su rentabilidad en el volumen. El corolario es que esto puede funcionar. En la medida que no haya déficit fiscal, para que la inflación sea baja, y así mantener competitivo el tipo de cambio real, lo que permitiría expandir las exportaciones, cumpliendo con la premisa de que las empresas logran volumen para sostener alto el salario real. Es decir, puede estar primero el mercado interno, pero en un momento hay que pasar a exportar para seguir expandiendo los volúmenes y mantener el salario real.

Si uno mira la experiencia argentina desde el 2004, cuando se inicia lo que sería la macroeconomía del populismo argentino, se puede observar este modelo.

Entre el 2004 y el 2012, el salario nominal subió 700% y los precios 300% por lo que hubo un aumento de salario real de 100%, o sea, el salario real se duplicó. La actividad económica creció 60% y las exportaciones crecieron el 156%. Esta es la primera fase del modelo populista. Pero el tema es que el período empezó con una superávit fiscal de 2% y terminó con un déficit fiscal de 2,6% del PIB. La inflación al inicio era de 4% y al final de 25% anual. El déficit fiscal y la inflación agotaron el modelo populista.

Así es como se pasa a la segunda fase que se da entre el 2012 y el 2019. El salario nominal siguió subiendo fuerte (600%), pero la inflación se había acelerado y subió 800%, por lo que el salario real cayó 20% (que es a lo que se refiere la vicepresidenta). La actividad económica se hizo volátil y terminó cayendo 5% y las exportaciones cayeron 12%. El déficit fiscal pasó de 2,6% a-4,5% del PIB y la inflación pasó de 25% al 50%. El modelo populista no sólo que se agotó. Se murió.

En el 2020 viene la pandemia. Hace caer 100% el PIB, obliga a ir a un déficit fiscal de 8% del PIB y una inflación de 50% en crecimiento. En el 2021, el Gobierno pierde las primarias legislativas. El diagnóstico: hay que recuperar el salario real.

El problema es que el modelo macroeconómico del populismo que se quiere reeditar, el del 2004 – 2012, requiere de un punto de partida muy diferente al actual. En el 2004 había un superávit fiscal de 2%, hoy hay un déficit fiscal de 6% del PIB. En el 2004, la inflación era 4%, hoy es 50% y subiendo. O sea, no están dadas las condiciones para que el modelo populista vuelva a funcionar.

La gente común no sabe ni quién es Dornbush, ni su modelo macroeconómico del populismo, pero piden algo bastante consistente con el modelo de Dornbush. Todas las encuestas arrojan a la cabeza del ranking de preocupaciones de la gente a la inflación. Sin embargo, el diagnóstico del Gobierno es que hay que subirle el salario real. 

Ciertamente que bajar la inflación implica aumentar el salario real. Pero desde el punto de vista de política económica no es lo mismo subir el salario real bajando la inflación que subiendo el salario nominal. En el 2004, con una inflación de 4% los aumentos de salario real se lograban con aumentos de salario nominal. Pero con una inflación del 50%, como la actual, un aumento de salario nominal por encima de la inflación solo va a provocar más inflación. La gente se da cuenta de esto y por eso pide “subime el salario real, pero bajando la inflación, no dándome más billetes que después se esfuman”.

El error que comete el Gobierno con su diagnóstico es que no acepta que la Argentina está en la fase de pagar los costos del populismo, no en la fase inicial de escasez de populismo. 

El populismo es una fiesta. Como toda fiesta, cuando termina, hay que pagarla con sacrificios. Los sacrificios pueden ser de dos tipos. Queriendo seguir la fiesta, lo que significa que el sacrificio es más inflación y empobrecimiento. O bien, reconstruyendo las instituciones políticas, jurídicas, económicas y sociales para basar el crecimiento en la productividad laboral. Esta última vía también exige sacrificios, pero son conducentes, porque llevan a los altos salarios reales, como tienen los países normales.

(*) Idesa

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