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El dudoso privilegio de la suba de los commodities

Por Javier Boher
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Argentina es, desde sus orígenes, un país de corazón agropecuario. Su gran extensión, lo fértil de su pampa húmeda, las historias de sus pobladores y su momento de inserción internacional así lo quisieron. Sin embargo, pocas veces se ha cuestionado tanto como en los últimos años.

Es sabido que el campo siempre representó -en el imaginario nacional y popular- a la oligarquía, tal como lo quiso el peronismo en los años en los que forjó una idiosincrasia que aún perdura. Aunque con algo de cierto, no llega a hacerle justicia a lo que se vive hoy.

Después del colapso de 2001, Argentina logró volver a asomar la cabeza por un fenómeno absolutamente ajeno a la conducción política de entones. El repunte de los precios de los commodities le dio aire al gobierno de Néstor Kirchner, que se encontró con un flujo de divisas monstruoso. Como cada vez que llega al gobierno, el peronismo tiene los mejores términos de intercambio de la historia (con la única excepción del menemato).

Esos años alimentaron al monstruo progresista de la redistribución de la riqueza, un fin loable en manos de un conjunto de inescrupulosos. De lo que se trató, entonces, fue de apropiarse de una renta excepcional que le correspondía a los productores para ponerla al servicio de la política.

La excusa del regreso de las retenciones fue desacoplar el precio nterno del precio internacional. De esa manera -sostenían los abanderados de la política económica lavagnista- se evitaba al consumidor local el problema de tener que hacer frente a precios primermundistas de productos de primera necesidad con sueldos depreciados de país tercermundista.

Desde el regreso al poder del kirchnerismo el precio de los commodities sigue subiendo. Con un fin exclusivamente electoral el gobierno intentó -de una manera unilateral y desprolija- prohibir las exportaciones de maíz valiéndose de un instrumento de la última dictadura. La acción firme de las entidades ruralistas logró revertir la medida.

El gobierno sigue buscando subir al ring a un sector que se identifica plenamente con el anterior gobierno, habiendo aprendido del error de la estrategia de la atomización por la que apostaron en las legislativas de 2009. En un año de mala actividad y con malas perspectivas a futuro, no parece ser lo más inteligente.

La suba de los commodities ha pegado directamente -más allá de las retenciones- en la producción de alimentos, pero particularmente del cerdo y el pollo. Ambos sectores siguen haciendo equilibrio entre un mercado de insumos con precios al alza y un mercado consumidor al que no se le puede subir más el precio y que registró el peor consumo de carne de los últimos 20 años (incluso peor que en los años 2001 y 2002).

El desafío del gobierno para los próximos nueve meses es altísimo. Lo que debería ser una celebración se transforma en una pesadilla, ya que la suba de precio de los commodities redunda en una mejora en la recaudación, pero también impacta directamente en los precios que pagan los ciudadanos de a pie.

El primer intento -la prohibición de la exportación- es probablemente el peor camino, por la imperiosa necesidad de divisas que tiene el país. Aumentar las retenciones sería temerario, ya que los márgenes de rentabilidad agrícola están en un número muy bajo. Lo que necesita el gobierno es creatividad para resolver el entuerto.

Lamentablemente, también necesita de concesiones, algo a lo que el núcleo duro del cristinismo no está acostumbrado. Como dice el dicho, del laberinto se sale por arriba. El problema está en que los radicalizados del Instituto Patria quieren hacerlo pisándole la cabeza a los productores, cuando los dos están metidos adentro.

Sólo los jugadores más cínicos piensan en este problema como una cuestión meramente de poder. Todos los números de los que se habla implican el fruto del esfuerzo de un productor o gente que no puede acceder a un plato de comida que nutra. La decisión es política, pero no es únicamente política.

La mala gestión de los recursos que se ha visto en los últimos meses no auguran una salida sencilla, sino que presagian un camino tortuoso. La puja por esos recursos extraordinario se combinará con las tensiones propias de un año electoral, ideologizando y politizando un debate que debería tratar de saldarse fuera de los partidismo y convicciones perimidas respecto al campo, la industria y los servicios. Si no se pone en práctica la empatía que tanto se reclama para lidiar con la pandemia, difícilmente se vea un desenlace que redunde en beneficios para la mayoría de la gente.

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