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Diego Latorre, a fondo: la discriminación por llegar desde el country, por qué quiso ser comentarista, la historia del “cabaret” en Boca y su pareja mediática

-¿Es verdad que chocaste contra un patrullero la primera vez que saliste en la tapa de El Gráfico?

-Sí. Estaba muy emocionado. Sabíamos que los jugadores de Boca y River teníamos mucha repercusión por jugar en los equipos más populares. Cualquier victoria o una catástrofe te llevaba a la tapa. Esa vez creo que le hice el gol a Ferro. Y me había enterado que aparecía en El Gráfico. Los lunes era el día que podíamos salir. Ya por la noche estaba la revista en los puestos de la avenida Cabildo, donde yo frecuentaba. Fui desesperado a comprarlo. Venía por una calle con un boulevard en el medio. Eran las doce, una de la mañana. No andaban los semáforos y estaba muy oscuro. Tenía El Gráfico apoyado en el asiento del acompañante. Quería leer, porque antes había mucha expectativa por lo que escribían. Yo había hecho el gol y nada más. Quería saber si además del gol había escondida una crítica. Respetaba mucho intelectualmente a algunos periodistas. Lo apoyé y doblé a la izquierda, mirando más El Gráfico que lo que tenía por delante. Y me choqué contra el patrullero. Ahí bajaron dos policías indignados conmigo por la imprudencia. Ellos tenían un dinero fijo al final del año por cuidar el auto y yo lo había chocado. Me lo reprocharon y me llevaron a la comisaría.

-¿Te reconocieron? ¿Eran de Boca?

-No. No me reconocieron. Es más, en un momento le digo “mirá, yo salí en la tapa…”. Y ahí mismo me responde “qué me importa”. No le interesaba nada. El pibe estaba indignado.

Diego Latorre fue un futbolista fenomenal. Un espíritu libre, creativo, capaz de hacer vibrar a la Bombonera con un gol en un clásico contra River, con un engaño al rival. No por trabar con la cabeza, el viejo estigma de la garra de Boca. Más allá del estereotipo, convivían la fiereza de Giunta y Latorre. Como años después lo hacían los botines filosos de Serna y Riquelme. El talento -y la convicción de saber que tenía ese talento- lo empujaba a su versión de póster en los partidos más importantes. Jugador de finales. El público más joven tal vez no lo sepa. Un error muy generacional es creer que la vida es sólo lo que se ve en redes sociales. O peor aún: que la vida comenzó con el primer posteo. Ahí Gambetita pocas veces muestra sus fotos del delantero exquisito que pasó por la Selección, Fiorentina, Tenerife, Racing, Rosario Central, Cruz Azul… Se le escapa al pasado como a los defensores de los 90. Lo incomoda el mensaje autorreferencial.

Alguien poco futbolero podría pensar que su carrera empezó en los medios hasta transformarse hoy en el comentarista más relevante del país. Su mensaje pausado, su filosofía del juego, se escucha en los partidos top del fútbol argentino, en la Copa Libertadores y en la Champions League por la pantalla de Fox Sports. Defiende una línea que no sólo tiene que ver con el futbolista que sabe del juego. Esa que recibe el guiño del Flaco Menotti y el ceño fruncido del Cholo Simeone. La ideología que se escucha todas las tardes en Fox Radio. Mientras, los seguidores más chicos podrían detectarlo como el esposo de Yanina y el papá de Lola. Para un sector deja de ser una estrella del fútbol para quedar en el dueño del apellido. Antes de esa ampliación, el único Latorre era Diego. El que hoy, a los 50 años, se ubica en su rol. El que en la larga charla con Infobae cuida sus palabras hasta en una anécdota. El que trata de dejar un concepto en cada respuesta. El que profundiza cada hecho por más banal que parezca. El que dice lo que piensa, como siempre. Pero más nunca, piensa lo que dice.

-¿Sos el que contrarrestó el prejuicio del jugador de country?

-Por ahí para el público en general, quienes no están tan empapados de lo que significa un futbolista, puede ser. Hay un estereotipo de que el jugador viene de los barrios humildes, de la necesidad. El que está en el fútbol sabe que el juego no discrimina. Yo llegué porque tuve también otros atributos. La constancia. El amor propio. La disciplina. Todo eso lo tuve además de mis cualidades como jugador.

-El talento no discrimina pero los compañeros sí. A veces en un vestuario con carencias se mira distinto al que tiene más. ¿Lo padeciste en Inferiores?

-Al principio sí. Porque lamentablemente entre gente de distintos sectores sociales hay rencores. Es inevitable. Esa discriminación la sufrí de mis compañeros. En el inicio me veían no sólo como un buen jugador. Porque esa clase de jerarquías de pronto sirven para conectar a esa edad. El que tiene más condiciones tiene un poco de poder. Si ayudás a que el equipo sea mejor te transformás en una especie de líder futbolístico. Y sos admirado por tus compañeros. Pero después está lo otro. Una vez que llegué a Boca lo sufrí porque me veían mejor vestido, con otras posibilidades. El chico no sabe, porque no se enfrentó a la vida, que la educación que yo tenía era producto primero de mis viejos y del privilegio de haber nacido en un lugar que yo no elegí. Pero después, cuando empezaron a descubrir cuál era mi forma de ser, el fútbol también provoca que convivan diferentes personalidades y se logra una armonía. Ese período de prueba duró unas tres semanas. Hasta que me involucré en el grupo y ya el trato era normal. Ahí empecé ser amigo de todos.

-Hablaste de tu capacidad futbolística pero también de otros atributos necesarios. ¿Para llegar cuánto hay de talento y cuánto de constancia? De hecho, a veces se piensa que el talentoso es menos perseverante.

-Es un tema muy complejo. Porque el talento tiene que superar un montón de prejuicios de ese tipo. Y uno tiene que alimentar el talento todos los días. No hay que creerse que porque uno tiene un don no debe cultivarlo. No sólo los demás sino el propio jugador debe contribuir a eso, sino uno se cierra al aprendizaje. Y eso cuesta. Sobre todo en edades tempranas. Desde los 16 años, cuando tomás conciencia de que vas a ser jugador de fútbol, tal vez creés que tenés todas las respuestas y no es así. El talento para que sea eficiente tiene que ser una construcción de todos los días. El propio futbolista lo tiene que comprender.

-¿Cómo fue debutar en la Primera de Boca y ese mismo partido hacer un gol?

-Fue algo contradictorio, si bien hice un gol y era cumplir un sueño. Todo muy acelerado desde que me certificaron que iba a entrenar con la Primera, que fue un miércoles. Hasta que debuté, que fue el domingo. Cuatro días apenas. Y cuatro días en los que yo era un actor de reparto. Participaba de las prácticas pero no se me cruzaba que iba a jugar. El club estaba en llamas. Era una situación extrema como tantas en esa época. Boca no era lo que es hoy. Había una crisis económica feroz. Un descontrol total. No aparecían los resultados. Los planteles tenían 30/35 profesionales. Me tocó jugar en esa época tan compleja y yo sentía el caos. Estábamos intoxicados. Recuerdo que en ese entretiempo contra Platense el Toto Lorenzo me llama para entrar. Estoy casi convencido que él no sabía mi nombre. Sabía mi apellido pero no mi nombre. Nunca se lo pregunté. El Toto era un emblema de Boca. Un Toto casi al borde del retiro, ya grande. Yo estaba en el vestuario de al lado. Me llama y me dice “nene, ingresá”. Es una sensación irrepetible. Una electricidad te recorre todo el cuerpo. Encima en una de las primeras pelotas que toco, hago un gol. Perdemos 3 a 1. Entonces, cuando llegamos al vestuario yo estaba feliz. Esta disputa que siempre hay entre lo individual y lo colectivo. Y declaré que había hecho un gol, ja. Cuando llegué el martes al entrenamiento los líderes -el Loco Gatti y el resto- me regañaron porque supuestamente tenía que fingir estar muy triste porque el equipo había perdido. Algo que yo también sentía. No era felicidad plena pero, la verdad, tampoco tristeza.

diego latorre
Del fútbol de country a las inferiores de Boca y al estrellato

-¿Te gustaba el apodo de Gambetita que te puso Víctor Hugo Morales?

-Ese apodo nació por un defecto. Era medio despectivo. No era el Gambetita de cuando me empecé a transformar en ese gran jugador que prometía, o en ese buen jugador que prometía. Al principio era un jugador solamente hábil. El Gambetita… Incluso yo tuve una discusión al aire con Víctor Hugo porque no estaba muy conforme con el apodo. Al contrario. Porque él también lo usaba peyorativamente. Era una virtud cuando jugaba bien pero un defecto cuando lo hacía mal. Evidentemente le buscó ese sentido. También por mi edad. Yo aparecí a los 18, 19 años. Y sabía mucho de mí porque jugaba los preliminares y recuerdo cuando hice mi primera entrevista, antes de debutar en Primera. Un partido fantástico, en el que hice un gol después de eludir como a cinco jugadores. Antesala de partido contra San Lorenzo. Fue la primera vez que escuché a los hinchas de Boca corear mi nombre. Eran 500, 1.000… No todo el estadio pero ya me conocían. El hincha tenía una relación diferente con los jugadores de su club. No es como ahora que parecen paracaidistas. Ahí discuto al aire con Víctor Hugo, de buena forma. Le dije que no gustaba mucho. Pero quedó ahí.

-¿Cómo fue el día que quisiste elegir el número de camiseta con el Maestro Tabárez?

-Fue su primer partido. Semi oficial. Porque los torneos de verano eran casi de oficiales… Era su debut. Tabárez era una figura excluyente. Y yo era un nene un poco indomable. Medio caprichosito. Estaba acostumbrado a jugar con la 9. Batistuta no era titular consolidado aún y yo sí. Tabárez es quien hace ese movimiento de enroque. Me saca a mí de 9 y paso a jugar libre. Yo era un jugador de interpretación y ese estilo de futbolista debe jugar libre. Por instinto. Debe sentir por dónde moverse. Por mi perfil, algo que lo descubrió Tabárez al toque, me movía mejor sobre la izquierda, para enganchar. Me daba más variantes mi habilidad. Da la formación y yo pensé que iba a mantener mi número más allá de que jugaba Graciani de 7 y Batistuta de 9. Me había identificado con ese número. Entonces entramos al vestuario. Cada uno va a buscar su ropa. Cuando voy al 9 veo que abajo no estaban mis botines. Miro de reojo y estaban debajo del 11… Era la época que se jugaba con números correlativos del 1 al 11. Ahí le digo a Bati primero y él no tenía problema en cambiar. Se lo planteo al utilero y me dice que la lista la había pasado Tabárez. Yo, con todo mi atrevimiento, voy a hablar con Tabárez y le digo: “Maestro, llegué a mi número y no estaba. Ya hablé con Bati. Si usted no tiene problema, quiero ver si podemos cambiar. Yo juego con la 9 y él con la 11”. Ahí Tabárez me mira y me dice: “Mire, si usted quiere elegir un número, elija uno de la 13 a la 16. Acá los números los elijo yo y ése es el número que le tocó hoy”. Me marcó el “hoy”. Como diciendo “acá la titularidad nadie la tiene asegurada”. Esa anécdota me quedó grabada a fuego.

-¿Te agrandaste en algún momento? Primera de Boca, fama, Selección…

-Sí. En la jerga futbolística se dice agrandarse. La fama te da poder. Un poder falso, ficticio. Y te hace autosuficiente. Autodidacta. Te convence de que sos un tipo capaz de solucionar. El poder de influir en el estado de ánimo de los demás. Todo lo que significa ser jugador de fútbol a esos niveles. Y te agarra cruzado con una edad en la que no tenés toda la experiencia ni la vida te ha dado muchos golpes. Entonces te creés invencible. Poderoso. Yo recuerdo que los que me formaron lo percibieron. Cuando vieron que en vez de salir una vez lo hacía dos. Que en vez de volver a una hora volvía más tarde. Que me entrenaba lo justo. Que si antes era simpático con la gente ya era más reservado. Aunque también surge la responsabilidad que vas adquiriendo al ser un jugador más conocido. Mis viejos en ese momento lo advirtieron y enseguida me llamaron la atención. Las experiencias vos las podés transmitir de generación a generación. Pero no hay mejor medicina que una buen golpe. Y eso es lo que me pasó. Tuve algunas experiencias desagradables y me empecé a manejar mejor.

-¿Esas primeras vivencias son la Copa América 91, en la que perdés el puesto con Leo Rodríguez, y después de ese torneo que Fiorentina cambiara y se llevara antes a Batistuta que a vos?

-Sí. Algunos pequeños coscorrones vas teniendo hasta subir a Primera. Eso te va forjando el carácter. Pero cuando todo eso adquiere otras proporciones, cuando tiene repercusión mediática, no hay un manual de aprendizaje. Es difícil prevenirlo y estar preparado. Me pasó en esa Copa América, que tiene algunos matices. Yo no llegaba bien y además jugaba en una posición que no encajaba. No es lo mismo un habilidoso que un estratega. Yo era habilidoso a favor del gol. No a favor del virtuosismo, como pueden confundir a algún jugador. Y en la Selección tenía otro rol en esa Copa. Tenía que hacer jugar al equipo. Un sentido más estratégico. Pero sí. Ese primer golpe me educó. Me hizo entender que la vida de un futbolista también pasaba por etapas adversas y yo no era inmune.

-¿Cómo fue la dupla histórica con Batistuta en Boca?

-Se dio porque el entrenador la promovió. Tabárez hizo mucho para que pudiéramos jugar juntos. Se dio esa afinidad que de pronto tiene que ver más con la intuición, con el feeling que puedan tener dos futbolistas, que con el ensayo o los entrenamientos. Cuando uno necesita entrenar cuestiones tan específicas que tienen que ver con la conexión entre dos jugadores parece más forzado. Las grandes sociedades, las vínculos futbolísticos, se dan de un modo muy natural. No quiere decir que detrás no haya una idea y alguien que la genere. Pero el “dámela corta, dámela larga”, “vos andá al espacio”, son generadas desde el juego mismo. Y Tabárez tuvo esa visualización de que los dos podíamos funcionar. Primero, necesitaba un jugador como Batistuta en la zona de definición. Y un futbolista que desequilibre como yo, desligándome de las responsabilidades creativas. Del juego estratégico. Lo puso Tapia ahí atrás, que me sacaba mucho peso. Yo estaba en los últimos 30 metros, fresco. No me exigían la participación constante, como dicen ahora. Él veía que yo podía reservarme en momentos del partido para hacer 4 ó 5 apariciones. Esa para mí es una de las claves del entrenador: detectar estos detalles tan finos, tan propios del juego. Que no todo dependa de la estrategia o de la táctica sino de los jugadores.

(Infobae)

-La confianza libera el talento. ¿Eso te pasaba en los Boca-River? Eras un jugador de clásicos.

-Hay que ver qué sucede por dentro del futbolista. Hay una especie de seguridad que es muy positiva. “Yo soy capaz. Confío en lo mío”. Algo que se construye. No es que viene de la magia. Se da sobre todo cuando te considerás y te consideran bueno. Necesitás del entrenador pero mucho de vos. De lo que vas sintiendo interiormente. De lo que te vas creyendo. Eso para mí fue un motor fundamental. Con una cara inversa, digamos. Porque de pronto empezás a hacer carne un montón de factores alrededor. Yo nací en Boca. Jugaba a cancha llena. Todo lo que hacía tenía ruido. Y de pronto cuando no encontraba todo eso, que son factores motivacionales, un poco me aparecían algunos pensamientos. “Este partido no es tan importante”. “Si hoy no juego tan bien no pasa nada”. Lo tomo como un defecto. Me cargaba de energía en ciertos partidos y en otros iba con la inercia. No metía como para jugar ese partido como la final del mundo.

¿Cómo fue jugar con Maradona?

-Es extraordinario jugar al lado de un mito. Al lado del fútbol. Es el que representa todo lo que uno quiso ser de chico. Porque todos quisimos ser Maradona. Jugar al lado de ese tipo es jugar con alguien que te inspiró y que logró que cada uno sienta por el fútbol lo que sentimos. Yo estaba ahí, lo miraba y decía “pensar que este tipo hizo el gol con más influencia mundial y estoy jugando al lado de él. Fue este tipo. Estos pies…”. Me desprendía de lo que era como jugador y me transformaba en un hincha. Ahí pude entender el sentido de admiración que puede generar un futbolista. Algo que de pronto desde adentro no lo llegás a percibir tan claro. Sos un jugador y el admirado siempre sos vos. Y en la cancha, además de ser un tipo muy generoso y gran compañero, como todo lo que hacía estaba en primera plana -algo que yo siempre sufrí en carne propia- me pasaba que Diego me descomprimía mucho. Quizá uno de mis mayores logros como jugador de fútbol no fue la Copa América, ni la Supercopa con Boca. Nada de eso. El mayor logro fue que me griten “Olé, olé, olé, olé, Dieeeego” con Maradona al lado mío. Y me lo gritaban a mí, ja. No me lo voy a olvidar jamás.

-Hablando de descomprimir, vos jugaste en el debut de Riquelme. El siempre cuenta que Bilardo le dijo “todos se van a ir con Latorre, así que pedila que vas a jugar más libre”.

-Sí. Tal cual. Eso les pasaba a los pibes. La responsabilidad está en otros. Hasta que te hacés conocido, o lográs un cierto status en el fútbol, tenés responsabilidad por el equipo pero la exigencia está en otro lado. Vos pensás si te vas a consolidar. Te pone a prueba el escenario para ver si tenés la personalidad suficiente. Pero si se juega mal ese partido es por culpa mía y no de él. Igual Román se acomodó magistralmente. No le costó nada. Parecía que estaba jugando en la Reserva. Al final de ese partido con Unión, Fernando Pacini le pregunta por la primera vez en la Bombonera y Román le respondé “yo ya jugué acá en la Reserva”. Como diciendo “no me cambia nada. Un partido entre amigos, o en Reserva”. Eso tiene un mensaje muy potente: “Yo voy a jugar y no importa lo que suceda alrededor”.

-¿Con el tiempo te arrepentís de la frase “Boca es un cabaret”?

-No. Cuando uno estuvo empapado por otras emociones no puede ahora arrepentirse. No es justo ni sería coherente. Lo que pasó fue que a esa frase se la manipuló y no se le dio el sentido real. Se lo distorsionó para los propios protagonistas. Recuerdo al Bambino (Veira) y demás… Lo que yo quise revelar era que alguien hablaba dentro del plantel. Yo subo al auto y escucho por voz de un periodista que contaba con lujo de detalles todo lo que se había conversado en esa reunión que habíamos tenido apenas media hora antes. Había un infiltrado que no pasaba información de dos cambios en el equipo, que era natural. Nosotros convivíamos con eso. Pero ya cuando se pasó un límite, y la información tiene que ver ni más ni menos que con la intimidad, una palabra en estos tiempos utópicas, ahí suenan las alarmas. Yo quise dar a entender que eso no estaba bien. Y que había un topo dentro del plantel.

-Dijiste que intimidad hoy es “una palabra utópica”. Vos estás casado con una mujer súper mediática, tu hija famosa, las redes sociales de los tres… ¿Sentís por momentos que vivís en un reality show con tu familia?

-Sí, ja. Pero no soy el actor principal… Yo tengo muy claro cuál es mi vocación. Qué estoy haciendo. Y me toca un momento muy particular. Mi mujer, Yanina, es muy muy mediática. Mi hija, Lolita, desde otro lugar, también. Lo acepto siempre y cuando se realicen y hagan los que les gusta. Dentro de lo que puedo participo y no tengo ningún inconveniente. Yo hago lo mío y trato de formarme lo mejor posible para seguir aprovechando mi experiencia a favor de la comunicación y lograr ser creíble. Que es mi meta. Creíble y responsable. Lo de reality show no me preocupa.

-¿Te entran las balas cuando tiene algunos líos mediáticos Yanina o en casa se apaga el personaje?

-No, no. Porque yo sé que ella tiene mucha inteligencia. Yanina tiene una inteligencia superior. Si yo estoy preparado, ella está preparada diez veces más. Sabe cuándo apretar y cuándo desacelerar. Sabe con quién. Sabe cómo. Y de pronto ella, lo noto cuando llega a casa, sabe que el personaje tiene sus límites. Ella también lo tiene claro. Una pelea mediática es una pelea mediática y punto. No es una pelea esencial. No es una pelea de la vida. No está en juego nada más que la banalidad de decirse algo que dura un instante. O dos. Después llega a casa, “no quiero hablar”, se toma un café… Y hace un vivo de Instagram. O juega con el Ipad. No lo traslada ni le da mucha seriedad a todo eso. En definitiva es el juego de la televisión.

-Pasa que no siempre se entiende como el juego de la TV. No debe ser fácil tener tu vida privada en boca del mundo.

-Yanina sabe cómo son las reglas. Yo soy personaje desde los 18 años. Ella me acompañó en gran parte de mi vida, desde los 22/23. Yo conviví en carne propia con los insultos, las agresiones, los maltratos. Esto de ser un héroe o un maldito de un partido a otro. Ella también fue absorbiendo todo y fue entendiendo cómo es este negocio. Cómo funcionan las cosas. Y tiene una capa protectora para cubrirse de todo esto. Más allá de que al ser un ser racional puede tener más sensibilidad y la lesione un poco más algún comentario. Pero no, no, acá hay años y años. El juego mediático queda ahí más allá de que hoy te llegan mensajes de la gente. Ahí Yanina le responde con más ironía. Salvo comentarios que duelen, que son agresivos, pero te acostumbrás.

-En esto de curtirse, la primera vez que fue Chiquito Bossio a Fox Radio, después de la muerte de su mujer -y con su hijita en brazos- le dijiste que los futbolistas generan una autoprotección que los hace parecer preparados para todo.

-Sí. Es así. Porque la cancha es un momento límite. No es un auto, que te dice alguien algo de ventana a ventana. No es una red social, que vos podés bloquear. O podés contestar. En la cancha no podés elegir. Cuando te insultan no te podés permitir que eso te desenfoque. O que te anule como jugador de fútbol. No te podés quedar tres minutos triste, pensando si te tocó o no te tocó. Las excepciones vienen más con el juego. A veces se mezcla con otras cuestiones y saltás. Pero la cancha es como una película contínua. No hay un botón que podés apretar. No podés decir acá bloqueo, acá no. Entonces te vas preparando para los golpes.

yanina diego latorre
Una imagen de su casamiento con Yanina Latorre

-¿Cómo sos vos como papá?

-Muy dedicado. Siempre. La educación tiene que ver también con la libertad, con la autonomía. No tanto con la restricción sino con formarlos para que sean seres pensantes. Que tengan buenos valores y sobre todo para que tomen sus propias decisiones. Y en eso fuimos sí muy precisos, muy claros y apuntamos siempre ahí. A acompañar, escuchar, aconsejar, pero en definitiva para que tomen sus propias decisiones y sean ellos. No lo que yo quiero que sean.

-Hay una parte difícil que es cuando llega el noviecito de la nena. ¿Vos cómo lo viviste?

-No, para nada. Si bien al principio, cuando te lo comunican por primera vez el “papá tengo novio” es como un cambio de etapa. “Uy. Creció”, caés cuando lo escuchás. Pero después… Yo no puedo alejarme de lo que yo quería cuando tenía esa edad. Es algo natural de la vida y ahí es donde la formación tiene un peso grande. Porque ella va a tener que saber conducirse. Confío en sus elecciones. Y en definitiva son sus elecciones. No las mías.

-¿Te gustaría que Dieguito sea futbolista? Si es que él elige ir por ahí.

-Sí. Me gustaría. Yo lo veo muy entusiasmado. Es una carrera hermosa. Independientemente de los sinsabores, que es como la vida. El fútbol es maravilloso. La sensación de entrar a una cancha de fútbol es algo inigualable. Representar, ilusionar. Ni hablar cuando trascendés, llegás a Primera y transformás eso en un estilo de vida. Te sentís un artista. Por eso siempre defiendo determinado juego. Yo sentía que tenía algo para ofrecer a mi público. Después me vienen a hablar obviamente de un montón de complejidades, pero yo sentía algo para ofrecer. Imaginate si un actor, o nosotros mismos que nos dedicamos a la comunicación, decimos “lo que yo digo que no importa”. No es así. Yo quiero eso para mi hijo. Que entienda el fútbol de esta manera. Que él sepa que tiene algo para ofrecer.

-¿Por qué decidiste ser comentarista?

-No lo decidí. Se dio gradualmente. Yo al principio, cuando ingresé a Fox, lo hice como panelista con Fernando (Niembro). Fueron viendo en mí algo, descubrieron algo que tenía adentro, y después lo transformé en una vocación. Me fue gustando. Pero no tuve el propósito de ser comentarista cuando me retiré. Sí por ahí tenía la necesidad de ocupar un vacío. Es muy cruel el fútbol. Estamos en el mejor momento cerebral, con posibilidades de reflexionar un montón de cosas, pero somos viejos para jugar. Hay una contradicción o un impedimento que no se puede forzar porque es biológico. Entonces, cuando me llamaron para la televisión, me fui interiorizando en este mundo fascinante y me fui preparando. Tuve la humildad para entender que solamente con haber jugado al fútbol no me iba a alcanzar. No quería quedarme ahí. Fui escuchando y aprendiendo el oficio.

-Guardiola dice que hay que robar ideas lo máximo posible. ¿Vos a quiénes le robaste?

-Ladrón de ideas, sí. Yo robé mucho de mis entrenadores. De mis experiencias. En ese momento no las materializás. Van pasando y después te va quedando en un archivo. Después hay que ver si lo querés usar o cómo lo usás. Algunos lo utilizan para contar anécdotas y otros más volcado al oficio y a sacar conclusiones teóricas. Que las conclusiones teóricas se sacan de la práctica. Acá se cree sólo que es teoría. Yo todo lo que pienso y siento lo saqué de mis experiencias. Trato de no ser autorreferencial. Entonces lo que digo no es sólo mi experiencia sino la experiencia del juego. De mis compañeros. Pero de ahí vienen.

-¿Era duro con Niembro? Son el agua y el aceite en la ideología futbolística.

-Sí, sí. Pero a su vez de Fernando aprendí mucho. Creo que él también se nutría de mi contrapunto. Generalmente los grandes líderes de opinión no quieren gente que los contradiga. Él, en cambio, se nutría de mi idea. Porque yo la sostenía con mis argumentos. Siempre y cuando eso no pasara a mayores… Alguna vez pasó a mayores, ja. No viene al caso. Hubo un hecho muy particular. Pero quedó ahí. No trascendió. Fernando es un tipo que me aportó mucho y fue generoso conmigo. Siempre pedía, me preguntaba, discutíamos con altura. Y como era el título del programa, él se quedaba con la última palabra, ja.

-¿Vas a dirigir?

-No por ahora. Estoy haciendo el curso por segunda vez y cada vez lo encuentro más atractivo. Empiezo a descubrir un mundo que también es fascinante. Que tiene que ver no sólo con la sabiduría sino también con algunos manejos del entrenador. Y con algunos imponderables inmanejables. Pero me desanima mucho las condiciones que hay en el fútbol argentino. No me gusta. No creo que en 3 ó 4 partidos se pueda montar o desmontar lo que uno quiere. Y ahí se le pasa a dar más lugar al azar o a la oratoria que a lo que un puede generar a través del tiempo. Al desarrollo de una idea. A profundizar los conceptos con los jugadores. Eso me da un poco de miedo. No me gustaría estar en esa situación. Hoy me siento estable. En un trabajo al cual puedo dedicarme y no tener grandes riesgos. El fútbol -no el juego sino de todo lo que ocurre alrededor- está en permanente ebullición. En el fútbol argentino hay una estabilidad horrenda.

-¿Te pusiste a pensar por qué salir de la zona de confort? Desde la enunciación se podría felicitar a quien lo hace, pero a veces se resulta guapo con el cuerpo del otro. Es riesgoso salir de ahí cuando uno es el comentarista más importante del país. Uno podría decir “¿para qué dirigir?”.

-Por supuesto. Yo me lo planteo. Lo que ocurre es que la vocación no es tan fuerte porque dentro de todo la desarrollo en el ámbito que estoy. Es distinto lo que se siente en la cancha, en el campo de juego, cuando sos partícipe y no sólo lo contás. Ser partícipe me da una fuerza… Me acuerdo que me daba un orgullo. Una cosa es contar y otra participar. Entiendo que desde la óptica del periodista siente que va a participar porque informa, cuenta, opina y tiene un valor. Tal es así que la prensa es el cuarto poder. Pero cuando vos estás en la cancha sos parte de los hechos. De los cambios, de los procesos, de las transformaciones, de las emociones. Y eso es inigualable. Desde afuera describimos un hecho que no está relacionado con nosotros. Y en el fútbol nosotros somos el hecho. Eso es algo muy difícil de extirpárselo al jugador de fútbol. Eso fue lo que más me costó cuando dejé la profesión.

diego latorre
Fue campeón de la Copa América de 1991 con Alfio Basile como entrenador

-Se entiende. Al periodista le alcanza con comentar el partido top. Al ex jugador no.

-Es muy difícil de explicar cuando estás ahí con la pelota. Cuando mirás para arriba y ves la gente. Cuando decís “yo estoy acá, representándolos”. Y estoy jugando. De lo que yo haga depende lo que hagan mis compañeros, los rivales. Siendo parte de algo que es único y que todos quisieran ser parte. Quizá ahora le doy otra dimensión. En su momento estaba tan metido en el juego, en el profesional, que todo esto no lo elaboraba así. Pero sí recuerdo que mi sentimiento de amor propio y de orgullo por lo que estaba haciendo.

-¿Creés que va a haber varios esperando que dirijas a ver si sos tan ofensivo como cuando comentás?

-Para ver si soy ofensivo, no. Quieren que me vaya mal, ja. El fútbol, sobre todo el mundo de la comunicación, es muy chato. Y mucha gente todavía no alcanza a comprender que el juego del fútbol, más allá de ser un producto comercial, tiene una belleza. Es tan magnífico para todos. Tiene un poder que no tiene otro deporte. No pasa por ganar ni por perder. Pasa por el juego mismo. Yo no quiebro entre la belleza del juego y el resultado porque van de la mano. Es un debate interminable. Pero sí, se ha puesto mucho más la mirada fuera de la cancha, de lo que pasa alrededor del juego, que de lo que pasa adentro. Yo vendría a ser alguien que embarro todo ese mensaje de hace muchos años, de que lo único importante era ganar, vender y todas esas cosas simplistas que no tienen ningún fundamento. Eso me molesta. Le hace un daño al fútbol. Yo me siento un representante del fútbol. Uno genuino, no inventado. No una postura. No artificial. A partir del juego me expreso. Lo digo con humildad y con orgullo.

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